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Fronteras
#1
Fronteras

“Desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Éufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran mar donde se pone el sol, será vuestro territorio”. (Josué 1:4)

Hoy en día, sobre todo entre los jóvenes, se suele viajar mucho. Todo incita a ello: el espíritu de aventura, la necesidad de independencia, el gusto por la novedad, la facilidad de los desplazamientos, etc. Así se franquean las fronteras, se hacen experiencias y uno trata de mantener grabado en la mente el encanto de aquellos horizontes.


Pero, existen fronteras, cuyas puertas no es prudente traspasar. Quisiéramos hablarles de aquellas que rodean a la Patria celestial, donde el creyente tiene su morada y, como ciudadano, la explora a través de la lectura de la Biblia. Así, por la fe, goza de ella ya en la tierra. Así le ocurrió a Abraham, a quien el Señor invitó a pasearse a lo largo y ancho de la Tierra prometida. Las fronteras de Canaán correspondían a los cuatro puntos cardinales:

 
Al sur, el desierto
Israel lo conocía demasiado bien por haberlo atravesado durante cuarenta años; no había allí siquiera una hoja verde o una fuente donde calmar la sed. Nada, sólo arena, un sol ardiente y serpientes venenosas... Es bajo esta figura como el mundo se nos presenta a los cristianos. Antes de convertirnos, llegamos a la triste conclusión de que no había nada que pudiera satisfacer nuestra alma. ¿Volveríamos de buen grado a un país donde, en un viaje precedente, hubiéramos padecido hambre y sed, y en el que incluso hubiéramos estado expuestos a perder la vida? Por desgracia, algunos se han marchado de “Canaán” para volver a su condición anterior, privando así su alma de las riquezas de la Tierra prometida y exponiéndola a perecer de inanición.
 
Muy diferente era la frontera norte del país.
Allí, el Líbano se erguía grandioso, lleno de verdor, con sus poderosos cedros y coronado por la nieve. ¡Cuán pequeñas parecían en comparación las montañas de Canaán! La ascensión de tal cumbre ¡no podría menos que abrir nuevos horizontes! Además, ¿no se divisaría más extensamente el panorama del país de Canaán? ¡Alto!, aquí reconocemos al mundo con todo lo excitante y fascinante que tiene, con su orgullo e insolencia. La ambición, la búsqueda de la gloria, todo aquello que exalta al hombre, le seduce, le honra, pero que “delante de Dios es abominación” (Lucas 16:15) he aquí lo que encontramos en el Líbano. ¡Cuántos jóvenes se dejaron atraer trágicamente por su brillo sin darse cuenta de que había allí, para devorarlos, “las guaridas de los leones”y “los montes de los leopardos” (Cantares 4:8).
 
Al este, “un gran río”, el Éufrates, limitaba la tierra prometida. Eje comercial, a la vez que factor de prosperidad para la región que riega, el río nos habla del tráfico de este mundo, del amor al dinero, del torbellino de los negocios y de las preocupaciones de la vida, las cuales ahogan la Palabra (Mateo 13:22; Lucas 8:14) y cuya corriente arrastra irresistiblemente a los hombres. Se dejan llevar por ella, sin darse cuenta de que no cesan de descender, hasta que son absorbidos por el vasto mar, donde todo se confunde. ¿Quién de entre nosotros no conoce este río?
 
Por último, el gran mar de occidente, el Mediterráneo, constituía la cuarta frontera de Canaán. En las Escrituras, representa el mundo en su agitación continua, con el flujo y reflujo de sus distracciones, modas e ideas. Siempre está en movimiento porque siempre está insatisfecho; el mundo corre de un placer a otro para luego volver a empezar. De todo este vaivén, de todo este ruido, ¿qué es lo que queda? Un poco de espuma en la playa, junto con el cieno y el lodo de la inmoralidad (Judas 13, Isaías 57:20). Mantengámonos apartados de este gran mar donde embiste “el leviatán serpiente tortuosa”, dicho de otro modo, donde reina el diablo, el príncipe de este mundo (Isaías 27:1; Job 41:31, 32). Vanidad, afán de las riquezas, inestabilidad, aridez, éstos son los aspectos que, para el ciudadano de los cielos, reviste el mundo en la actualidad. Por cierto, no es éste un lugar de turismo y, si no tenemos permiso para entrar en el mundo, no es porque se nos quiera privar de experiencias útiles y enriquecedoras, sino, al contrario, para preservarnos de una ruina segura. Estas fronteras (o límites), junto con el letrero de «Peligro» que allí encontramos, constituyen el muro de protección. Satanás conoce bien su existencia (Job 1:10; Eclesiastés 10:8), ¡no lo olvidemos!

¡Un gran desierto, una gran montaña, un gran río y un gran mar! En el mundo todo parece grande, pero la Patria celestial es mucho más extensa, lo cual puede constatar quien se toma el trabajo de explorarla y descubrirla. “Tú eres ya viejo, de edad avanzada, y queda aún mucha tierra por poseer” (Josué 13:1). No esperemos, como el hijo pródigo de la parábola, a estar completamente desengañados del país lejano para sentirnos felices en la esfera donde se goza de todo. Sí, guárdenos el Señor de volver a mirar con curiosidad o envidia aquellas fronteras prohibidas. Que nos conceda, a medida que avanza nuestra edad, el poder de apreciar cada vez mejor la heredad que él nos ha adquirido por derecho propio.


J.Kn
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