09-11-2009, 09:38 AM
Jesús calma la tormenta
En el Mar de Galilea suelen levantarse fuertes vientos repentinos, que también cesan abruptamente. Estos fuertes vientos levantan peligrosas marejadas que desaparecen al amainar el viento. Son olas cortas y altas que pueden hacer zozobrar a embarcaciones pequeñas. El peligro está tanto en la intensidad de los elementos – viento y marejada – como en lo sorpresivo del fenómeno.
La dificultad de este pasaje no está en lo extraño del episodio, sino, justamente en su familiaridad. Uno puede ser tentado a interpretar que Jesús se aprovechó de la circunstancia para hacer coincidir su reprensión al viento, con la inminente calma que se seguía.
Ninguno de los tres relatos en los sinópticos dice que el viento y el mar obedecieran a Jesús. Sí establecen una relación directa entre un hecho y el otro. También está claro que si Jesús no operó su autoridad sobre los elementos, entonces tuvo una deliberada intención de hacerlo parecer así. Esa fue la reacción en los discípulos, y Jesús no hizo nada para disuadirlos de ese pensamiento que expresaban en voz alta.
No se trató de coincidencia ni de oportunismo. Tampoco parece tratarse de una oración elevada por Jesús al Padre. Jesús habla directamente al viento y al mar. Sin embargo estos elementos no tienen oídos, ni intelecto, ni voluntad. Las palabras que Jesús pronunció en voz alta no fueron para el viento y el mar, sino para sus discípulos carentes de fe.
La clave del milagro está en la fe. Si tuviésemos fe diríamos a esta montaña que se pase de aquí allá, y lo haría. De nuevo; las montañas no tienen oídos, ni intelecto, ni voluntad. Pero las montañas, viento, y mar estaban originalmente bajo el señorío de Adán (Génesis 1:28). Y Jesús es el segundo Adán.
En el Mar de Galilea suelen levantarse fuertes vientos repentinos, que también cesan abruptamente. Estos fuertes vientos levantan peligrosas marejadas que desaparecen al amainar el viento. Son olas cortas y altas que pueden hacer zozobrar a embarcaciones pequeñas. El peligro está tanto en la intensidad de los elementos – viento y marejada – como en lo sorpresivo del fenómeno.
La dificultad de este pasaje no está en lo extraño del episodio, sino, justamente en su familiaridad. Uno puede ser tentado a interpretar que Jesús se aprovechó de la circunstancia para hacer coincidir su reprensión al viento, con la inminente calma que se seguía.
Ninguno de los tres relatos en los sinópticos dice que el viento y el mar obedecieran a Jesús. Sí establecen una relación directa entre un hecho y el otro. También está claro que si Jesús no operó su autoridad sobre los elementos, entonces tuvo una deliberada intención de hacerlo parecer así. Esa fue la reacción en los discípulos, y Jesús no hizo nada para disuadirlos de ese pensamiento que expresaban en voz alta.
No se trató de coincidencia ni de oportunismo. Tampoco parece tratarse de una oración elevada por Jesús al Padre. Jesús habla directamente al viento y al mar. Sin embargo estos elementos no tienen oídos, ni intelecto, ni voluntad. Las palabras que Jesús pronunció en voz alta no fueron para el viento y el mar, sino para sus discípulos carentes de fe.
La clave del milagro está en la fe. Si tuviésemos fe diríamos a esta montaña que se pase de aquí allá, y lo haría. De nuevo; las montañas no tienen oídos, ni intelecto, ni voluntad. Pero las montañas, viento, y mar estaban originalmente bajo el señorío de Adán (Génesis 1:28). Y Jesús es el segundo Adán.

