02-12-2013, 07:53 PM
"LA IGLESIA PEREGRINA"
Por Edmund Hamer Broadbent
Capítulo 4
El Evangelio llega a Oriente
(4 a. de J.C.–1400 d. de J.C.)
Los magos de Oriente fueron a Belén, guiados por la estrella, y adoraron al recién nacido Rey de los judíos; “le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”, y “regresaron a su tierra” (Mateo 2), donde sin duda relataron lo que habían visto y escuchado.
Entre la multitud reunida en Jerusalén en el día de Pentecostés estaban los partos, medos, elamitas, y los que habitaban en Mesopotamia, que fueron testigos del derramamiento del Espíritu Santo y de las señales y maravillas que lo acompañaron. Ellos escucharon a Pedro predicar que “a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2).
Por medio de ellos, desde sus inicios el Evangelio fue llevado a las sinagogas de Oriente.
Eusebio, al relatar los sucesos que tuvieron lugar en el segundo siglo, escribe acerca de muchos de los discípulos de aquella época: “cuyas almas se inflamaron de la Palabra divina y, con un deseo más ardiente de sabiduría, primero cumplieron el mandamiento de nuestro Salvador al repartir sus bienes entre los más necesitados; y luego, viajando al extranjero, llevaron a cabo la obra de evangelista con aquellos que aún no habían escuchado la Palabra de fe, mostrando mucho interés en predicar a Cristo y dar a conocer los libros de los Evangelios divinos. Y estas personas, habiendo sólo echado los cimientos de fe en los lugares distantes y bárbaros, y habiendo establecido a otros pastores, les encargaron la tarea de instruir a aquellos a quienes habían presentado completamente a la fe. Luego partieron nuevamente hacia otras regiones.”
De esta manera eran fundadas las iglesias, y los evangelistas iban más allá, no sólo dentro de los amplios límites del Imperio Romano, sino también dentro de las fronteras de su mayor vecino, el Imperio Persa, y aun más allá. Con relación a esto, un escritor en el tercer siglo escribió: “Ese nuevo poder que ha surgido de las obras efectuadas por el Señor y sus apóstoles ha calmado la llama de las pasiones humanas y ha proporcionado la calurosa acogida de una fe por parte de una gran variedad de razas y naciones que tienen las más diversas costumbres. Y podemos hacer un recuento de las cosas logradas en la India, entre los seres, los persas y medos; en Arabia, Egipto, Asia y Siria; entre los gálatas, los partos y los frigios; en Acaya, Macedonia y Epiro; y en todas las islas y provincias sobre las cuales sale o se pone el sol."
Las iglesias que se propagaron tan rápidamente en Siria y en el Imperio Persa estuvieron aisladas de muchas de las influencias que afectaron a las iglesias de Occidente. Esto debido a la diferencia de idioma y a las circunstancias políticas. El arameo fue hablado en Palestina y Palmira y fue usado como el idioma comercial a lo largo del valle del Éufrates, y la desconfianza y el celo mutuo existentes entre los Imperios Persa y Romano actuaron como un obstáculo adicional que impidió la comunicación.
Las iglesias de Oriente mantuvieron su carácter simple y bíblico por más tiempo que las de Occidente. Incluso en el tercer siglo no existía ninguna organización definida que agrupara a las iglesias separadas en un sistema, el país no estaba dividido en diócesis (podía darse el caso de que una iglesia contara con varios obispos), y las iglesias eran activas y tenían éxito a la hora de difundir el Evangelio de forma continua en las nuevas regiones.
A principios del cuarto siglo, el Papa ben Aggai expuso un proyecto para unificar a todas las iglesias en Persia, incluyendo las de Siria y Mesopotamia, bajo el dominio del Obispo de la ciudad capital, Seleucia-Ctesifonte, puesto que él mismo ocupaba.
Esta propuesta encontró una enérgica oposición, pero se continuó insistiendo en ella y el Obispo llegó a llamarse Catholikos, y con el tiempo (498 d. de J.C.) fue adoptado el título de Patriarca de Oriente.
La religión dominante en Persia se derivó de la introducida por Zoroastro aproximadamente ocho siglos a. de J.C.
Él, en su tiempo, protestó contra la idolatría y la maldad imperantes y enseñó que existe sólo un Dios, el Creador; que este Dios es bueno, y sólo a él hay que adorar. Zoroastro no hacía uso de la fuerza en asuntos de religión, sino que confiaba en que la verdad de lo que enseñaba difundiría su mensaje. Él se sirvió del fuego y de la luz para representar las obras de Dios, y empleó la oscuridad y el carbón para ilustrar los poderes del diablo. En su opinión, Dios siempre daría lugar a lo bueno. Zoroastro resumió la regla de conducta en estas palabras: “Lleva a cabo las buenas obras y abstente de las malas”. El zoroastrismo predominó entre los persas en sentido general desde el sexto siglo hasta el tercer siglo a. de J.C., pero su profesión disminuyó hasta que fue restablecida por la dinastía sasánida, que fue la dinastía reinante en la época que aquí se considera.
Cuando Constantino convirtió el cristianismo en la religión oficial del Imperio Romano, los reyes de Persia comenzaron a sospechar de los cristianos que se encontraban en su propio país, a quienes llamaban nazarenos, por solidarizarse e inclinarse hacia el imperio rival, al cual ellos odiaban y temían.
Durante el largo reinado del rey persa Sapor II, estas sospechas terminaron en una persecución violenta que fue avivada por los magos, los sacerdotes zoroastrianos, que hicieron caso omiso tanto de los preceptos de su fundador como del testimonio de aquellos otros magos, sus predecesores, que habían ido a Belén guiados por la estrella. Esta persecución duró cuarenta años, período durante el cual los cristianos padecieron todo tipo de tormento que se pueda imaginar. Se calcula que unos 16.000 cristianos perdieron sus vidas, y le fue impuesto un indecible estado de calamidad y miseria a una innumerable cantidad de confesores de Cristo.
Por medio de su paciencia y fe las iglesias en Persia salieron victoriosas de esta larga y terrible prueba, y después de una generación de sufrimiento (339–379) se les concedió cierta libertad de adoración. Entre los escritos que se conservan de aquella época están Las homilías de Afrahat, que fue conocido como “El sabio persa”.
La marcada línea divisoria entre el Imperio Romano y los países fuera de éste se destaca claramente en el hecho de que estas homilías, que contienen una exposición de doctrina y práctica, ni siquiera mencionan al Concilio de Nicea, ni a Arrio, ni a Atanasio, a pesar de que fueron escritas en el mismo período en que existía una fuerte campaña en torno a ellos entre las iglesias de Occidente.
La primera homilía aborda el tema de la fe, y enseña: “La fe consiste en esto: Cuando el hombre cree en Dios el Señor de todo, que hizo el cielo y la tierra y los mares y todo lo que hay en ellos y que, además, hizo a Adán a su propia imagen y semejanza. El que le dio la ley a Moisés. El que envió a su Espíritu a los profetas y que, además, envió a su Mesías al mundo. Y que el hombre debe creer en la resurrección de los muertos y, además, en el misterio del bautismo. Esta es la fe de la iglesia de Dios. Y que se debe apartar de guardar los días, los días de reposo, los meses, las ocasiones, de las hechicerías y adivinaciones, la astrología caldea, así como también de la magia, la fornicación, las orgías y de las falsas doctrinas, las armas del malvado, de las lisonjas de las palabras melosas y de la blasfemia y el adulterio. Y que ningún hombre debe dar falso testimonio ni hablar con hipocresía. Estas son las obras de la fe que está fundada sobre la verdadera Roca, que es el Mesías, sobre quien se levanta todo el edificio” .
Afrahat condena las enseñanzas de Marción y Manes, señala que hay muchas cosas que no podemos comprender, y reconoce el misterio de la Trinidad, pero desaprueba preguntas raras: ”¿Qué hay por encima de los cielos? ¿Quién se atreve a decir? ¿Qué se oculta debajo de la tierra? ¡No hay nadie que pueda decirlo! El firmamento, ¿sobre qué se extiende?; o los cielos, ¿de qué cuelgan?. La tierra, ¿sobre qué descansa?; o las profundidades, ¿en qué se sustentan? Nosotros venimos de Adán y aquí, con nuestros sentidos, comprendemos poco. Sólo sabemos que Dios es uno, su Mesías uno, uno el Espíritu, una sola la fe y un solo bautismo. No vale la pena hablar de esto en más detalle. Si decimos más, fracasamos, y si investigamos, quedamos indefensos.”
El estudio de la profecía llevó a Afrahat a la conclusión de que los ataques de Persia contra el Imperio Romano inevitablemente fracasarían.
La persecución de los cristianos en Persia, cuando el cristianismo era la religión de estado del Imperio Romano, tensó al máximo las relaciones entre los dos imperios, y cuando Yezdegerd I asumió el trono persa (339 d. de J.C.), el emperador romano le envió al Obispo Maruta a negociar la paz para los creyentes. Este demostró ser un diplomático hábil y, junto con Isaac que había sido ordenado Sumo Metropolitano de Seleucia- Ctesifonte, obtuvo la autorización del rey persa para convocar un Sínodo en Seleucia (410) con el objetivo de reorganizar la Iglesia Persa, la cual había sido destruida en gran parte por la persecución. En este Sínodo dos funcionarios de la realeza presentaron a Isaac como “Cabeza de los cristianos”.
El Obispo Maruta había llevado consigo una carta de los Obispos de Occidente, la cual, después de ser traducida del idioma griego al persa y luego mostrada al rey, fue aprobada por este. Él ordenó que la carta se leyera ante los Obispos allí reunidos. Todos aceptaron los requisitos contenidos en la carta. Por encontrarse saliendo de una gran tribulación, los cristianos persas estaban dispuestos a ceder mucho ante aquellos que ahora les prometían paz. En el informe del Sínodo se dice que se celebró: “...en el undécimo año del reinado de Yezdegerd, el gran rey victorioso, después que las iglesias del Señor encontraron paz y tranquilidad, después que él dio la libertad y el apoyo a las asambleas de Cristo para que glorificaran a Cristo abiertamente en sus cuerpos en la vida y en la muerte, y después que él eliminó la nube de persecución que estaba sobre todas las iglesias de Dios y la noche de opresión contra todos los rebaños de Cristo. Por cuanto él había dado la orden de que en todo su imperio los templos destruidos por sus antepasados deberían ser restaurados con esmero, que los altares demolidos deberían ser cuidadosamente atendidos y que aquellos que habían sido puestos a prueba mediante el látigo y las cadenas por causa de Dios deberían ser puestos en libertad. Esto tuvo lugar en ocasión de la elección de nuestro honorable gran Padre ante Dios, Mar Isaac, Obispo de Seleucia y Cabeza de los Obispos de todo Oriente, que ante Dios fue digno de la gracia para gobernar en todo Oriente, cuya presencia y gobierno abrieron las puertas de la misericordia al descanso y la paz del pueblo y de la iglesia de Dios, cuya humildad y gran honorabilidad fue más brillante que la de todos los Obispos de Oriente antes que él (…) y por medio del mensajero de paz enviado a Oriente en la misericordia de Dios, el sabio Padre y Cabeza honorable, Mar Maruta, el Obispo que trajo la paz y la unidad entre Oriente y Occidente.
Él puso especial cuidado en la edificación de las iglesias de Cristo a fin de que las leyes divinas y los verdaderos cánones ya establecidos por nuestros padres honorables, los Obispos en Occidente, fueran igualmente establecidos en Oriente para la edificación de la verdad y de todo el pueblo de Dios. Y, mediante el cuidado de diversos Obispos de las tierras romanas, todas nuestras iglesias y asambleas en Oriente recibieron de ellos, aunque están lejos de nosotros en cuerpo, el amor compasivo y dones.”
Durante este tiempo se experimentó un júbilo auténtico al librarse de la opresión, y abundaron las acciones de gracias a Dios por su gran obra a favor de los creyentes; además de oraciones, pidiendo por el rey para que Dios le concediera más días, y así pudiera vivir para siempre.
Los Obispos presentes en aquel glorioso momento del Sínodo llegaron a decir que sus almas se sentían como si hubieran estado ante el trono de la gloria de Cristo: “Nosotros, los cuarenta Obispos, reunidos aquí desde los más diversos lugares, escuchamos con gran deseo y especial atención lo que fue escrito en la carta de los Obispos de Occidente”. La carta establecía que no debía haber innecesariamente dos o tres Obispos en una ciudad, sino un Obispo en cada ciudad y su distrito. Además, que los Obispos no debían ser nombrados por menos de tres Obispos actuando con la autorización del Metropolitano.
Se establecieron las fechas de los días festivos. Todos los cánones del Concilio de Nicea en la época de Constantino fueron leídos y firmados por todos los presentes.
Mar Isaac, dijo: “Cualquiera que no esté de acuerdo con estas leyes loables y con los excelentes cánones aquí firmados y no los acepte, sea apartado del pueblo de Dios y no tenga poder en la iglesia de Cristo”.
Más adelante se deja constancia: “Nosotros los Obispos lo confirmamos en conjunto con él, y todos lo apoyamos con un amén”. Luego, Mar Maruta dijo: “Todas estas explicaciones, leyes y cánones serán escritos, y al final los firmaremos y los confirmaremos en un pacto eterno”
Mar Isaac dijo: “Yo los suscribo a la cabeza de todos”. Entonces todos los Obispos de los distintos lugares prometieron con él: “Todos nosotros también los aceptamos con regocijo y confirmamos lo que ha sido escrito anteriormente, por medio de nuestras firmas al final del documento”.
Habiendo presentado todo esto ante el rey, Isaac y Maruta se dirigieron nuevamente a los Obispos, diciendo: “Antiguamente ustedes estaban en grandes aprietos y se reunían en secreto. Sin embargo, ahora el Gran Rey les ha procurado una paz inmensa. Y como Isaac ha servido ante el Gran Rey, este, conforme a su buena voluntad, lo ha nombrado Cabeza de todos los cristianos en Oriente. La aprobación del Gran Rey les ha traído paz y tranquilidad a ustedes, especialmente desde el día en que vino el Obispo Maruta.”
Después se establecieron las regulaciones para el nombramiento en el futuro de nuevas Cabezas de la Iglesia, ya fuera por parte de Isaac y Maruta o de sus sucesores, con la aprobación del rey en el trono.
Además, refiriéndose a la Cabeza, ellos añadieron: “Y nadie formará partido en su contra. Si alguien se levanta en su contra y contradice su voluntad, se nos deberá informar. Entonces nosotros le informaremos al Gran Rey acerca del mal que esta persona ha hecho, sea quien sea, para que sea juzgado por él. Después de esto nos marchamos, e Isaac y Maruta nos dijeron que todas estas cosas deberían ser escritas, o sea, todo lo que fuera útil para el servicio de la Iglesia Católica.” Esto fue aceptado con gusto, y se acordó que cualquiera que conscientemente se opusiera a estas ordenanzas debería ser excomulgado completamente de la iglesia de Cristo, y su herida nunca sería sanada; además, el rey debería imponerle un castigo implacable.
Hubo muchas otras ordenanzas, tales como: Los miembros del clero
deberían practicar el celibato y no casarse como antes; los Obispos que no habían podido estar presentes por causa de la distancia tendrían que acogerse a lo que había sido acordado; en tanto que algunos obispos, que desde el principio se habían opuesto a Isaac, fueron condenados como rebeldes.
Se prohibieron las reuniones en casas privadas, se establecieron los límites de las parroquias, y se permitió sólo una iglesia en cada una.
(Continuará)
Por Edmund Hamer Broadbent
Capítulo 4
El Evangelio llega a Oriente
(4 a. de J.C.–1400 d. de J.C.)
Los magos de Oriente fueron a Belén, guiados por la estrella, y adoraron al recién nacido Rey de los judíos; “le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”, y “regresaron a su tierra” (Mateo 2), donde sin duda relataron lo que habían visto y escuchado.
Entre la multitud reunida en Jerusalén en el día de Pentecostés estaban los partos, medos, elamitas, y los que habitaban en Mesopotamia, que fueron testigos del derramamiento del Espíritu Santo y de las señales y maravillas que lo acompañaron. Ellos escucharon a Pedro predicar que “a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo” (Hechos 2).
Por medio de ellos, desde sus inicios el Evangelio fue llevado a las sinagogas de Oriente.
Eusebio, al relatar los sucesos que tuvieron lugar en el segundo siglo, escribe acerca de muchos de los discípulos de aquella época: “cuyas almas se inflamaron de la Palabra divina y, con un deseo más ardiente de sabiduría, primero cumplieron el mandamiento de nuestro Salvador al repartir sus bienes entre los más necesitados; y luego, viajando al extranjero, llevaron a cabo la obra de evangelista con aquellos que aún no habían escuchado la Palabra de fe, mostrando mucho interés en predicar a Cristo y dar a conocer los libros de los Evangelios divinos. Y estas personas, habiendo sólo echado los cimientos de fe en los lugares distantes y bárbaros, y habiendo establecido a otros pastores, les encargaron la tarea de instruir a aquellos a quienes habían presentado completamente a la fe. Luego partieron nuevamente hacia otras regiones.”
De esta manera eran fundadas las iglesias, y los evangelistas iban más allá, no sólo dentro de los amplios límites del Imperio Romano, sino también dentro de las fronteras de su mayor vecino, el Imperio Persa, y aun más allá. Con relación a esto, un escritor en el tercer siglo escribió: “Ese nuevo poder que ha surgido de las obras efectuadas por el Señor y sus apóstoles ha calmado la llama de las pasiones humanas y ha proporcionado la calurosa acogida de una fe por parte de una gran variedad de razas y naciones que tienen las más diversas costumbres. Y podemos hacer un recuento de las cosas logradas en la India, entre los seres, los persas y medos; en Arabia, Egipto, Asia y Siria; entre los gálatas, los partos y los frigios; en Acaya, Macedonia y Epiro; y en todas las islas y provincias sobre las cuales sale o se pone el sol."
Las iglesias que se propagaron tan rápidamente en Siria y en el Imperio Persa estuvieron aisladas de muchas de las influencias que afectaron a las iglesias de Occidente. Esto debido a la diferencia de idioma y a las circunstancias políticas. El arameo fue hablado en Palestina y Palmira y fue usado como el idioma comercial a lo largo del valle del Éufrates, y la desconfianza y el celo mutuo existentes entre los Imperios Persa y Romano actuaron como un obstáculo adicional que impidió la comunicación.
Las iglesias de Oriente mantuvieron su carácter simple y bíblico por más tiempo que las de Occidente. Incluso en el tercer siglo no existía ninguna organización definida que agrupara a las iglesias separadas en un sistema, el país no estaba dividido en diócesis (podía darse el caso de que una iglesia contara con varios obispos), y las iglesias eran activas y tenían éxito a la hora de difundir el Evangelio de forma continua en las nuevas regiones.
A principios del cuarto siglo, el Papa ben Aggai expuso un proyecto para unificar a todas las iglesias en Persia, incluyendo las de Siria y Mesopotamia, bajo el dominio del Obispo de la ciudad capital, Seleucia-Ctesifonte, puesto que él mismo ocupaba.
Esta propuesta encontró una enérgica oposición, pero se continuó insistiendo en ella y el Obispo llegó a llamarse Catholikos, y con el tiempo (498 d. de J.C.) fue adoptado el título de Patriarca de Oriente.
La religión dominante en Persia se derivó de la introducida por Zoroastro aproximadamente ocho siglos a. de J.C.
Él, en su tiempo, protestó contra la idolatría y la maldad imperantes y enseñó que existe sólo un Dios, el Creador; que este Dios es bueno, y sólo a él hay que adorar. Zoroastro no hacía uso de la fuerza en asuntos de religión, sino que confiaba en que la verdad de lo que enseñaba difundiría su mensaje. Él se sirvió del fuego y de la luz para representar las obras de Dios, y empleó la oscuridad y el carbón para ilustrar los poderes del diablo. En su opinión, Dios siempre daría lugar a lo bueno. Zoroastro resumió la regla de conducta en estas palabras: “Lleva a cabo las buenas obras y abstente de las malas”. El zoroastrismo predominó entre los persas en sentido general desde el sexto siglo hasta el tercer siglo a. de J.C., pero su profesión disminuyó hasta que fue restablecida por la dinastía sasánida, que fue la dinastía reinante en la época que aquí se considera.
Cuando Constantino convirtió el cristianismo en la religión oficial del Imperio Romano, los reyes de Persia comenzaron a sospechar de los cristianos que se encontraban en su propio país, a quienes llamaban nazarenos, por solidarizarse e inclinarse hacia el imperio rival, al cual ellos odiaban y temían.
Durante el largo reinado del rey persa Sapor II, estas sospechas terminaron en una persecución violenta que fue avivada por los magos, los sacerdotes zoroastrianos, que hicieron caso omiso tanto de los preceptos de su fundador como del testimonio de aquellos otros magos, sus predecesores, que habían ido a Belén guiados por la estrella. Esta persecución duró cuarenta años, período durante el cual los cristianos padecieron todo tipo de tormento que se pueda imaginar. Se calcula que unos 16.000 cristianos perdieron sus vidas, y le fue impuesto un indecible estado de calamidad y miseria a una innumerable cantidad de confesores de Cristo.
Por medio de su paciencia y fe las iglesias en Persia salieron victoriosas de esta larga y terrible prueba, y después de una generación de sufrimiento (339–379) se les concedió cierta libertad de adoración. Entre los escritos que se conservan de aquella época están Las homilías de Afrahat, que fue conocido como “El sabio persa”.
La marcada línea divisoria entre el Imperio Romano y los países fuera de éste se destaca claramente en el hecho de que estas homilías, que contienen una exposición de doctrina y práctica, ni siquiera mencionan al Concilio de Nicea, ni a Arrio, ni a Atanasio, a pesar de que fueron escritas en el mismo período en que existía una fuerte campaña en torno a ellos entre las iglesias de Occidente.
La primera homilía aborda el tema de la fe, y enseña: “La fe consiste en esto: Cuando el hombre cree en Dios el Señor de todo, que hizo el cielo y la tierra y los mares y todo lo que hay en ellos y que, además, hizo a Adán a su propia imagen y semejanza. El que le dio la ley a Moisés. El que envió a su Espíritu a los profetas y que, además, envió a su Mesías al mundo. Y que el hombre debe creer en la resurrección de los muertos y, además, en el misterio del bautismo. Esta es la fe de la iglesia de Dios. Y que se debe apartar de guardar los días, los días de reposo, los meses, las ocasiones, de las hechicerías y adivinaciones, la astrología caldea, así como también de la magia, la fornicación, las orgías y de las falsas doctrinas, las armas del malvado, de las lisonjas de las palabras melosas y de la blasfemia y el adulterio. Y que ningún hombre debe dar falso testimonio ni hablar con hipocresía. Estas son las obras de la fe que está fundada sobre la verdadera Roca, que es el Mesías, sobre quien se levanta todo el edificio” .
Afrahat condena las enseñanzas de Marción y Manes, señala que hay muchas cosas que no podemos comprender, y reconoce el misterio de la Trinidad, pero desaprueba preguntas raras: ”¿Qué hay por encima de los cielos? ¿Quién se atreve a decir? ¿Qué se oculta debajo de la tierra? ¡No hay nadie que pueda decirlo! El firmamento, ¿sobre qué se extiende?; o los cielos, ¿de qué cuelgan?. La tierra, ¿sobre qué descansa?; o las profundidades, ¿en qué se sustentan? Nosotros venimos de Adán y aquí, con nuestros sentidos, comprendemos poco. Sólo sabemos que Dios es uno, su Mesías uno, uno el Espíritu, una sola la fe y un solo bautismo. No vale la pena hablar de esto en más detalle. Si decimos más, fracasamos, y si investigamos, quedamos indefensos.”
El estudio de la profecía llevó a Afrahat a la conclusión de que los ataques de Persia contra el Imperio Romano inevitablemente fracasarían.
La persecución de los cristianos en Persia, cuando el cristianismo era la religión de estado del Imperio Romano, tensó al máximo las relaciones entre los dos imperios, y cuando Yezdegerd I asumió el trono persa (339 d. de J.C.), el emperador romano le envió al Obispo Maruta a negociar la paz para los creyentes. Este demostró ser un diplomático hábil y, junto con Isaac que había sido ordenado Sumo Metropolitano de Seleucia- Ctesifonte, obtuvo la autorización del rey persa para convocar un Sínodo en Seleucia (410) con el objetivo de reorganizar la Iglesia Persa, la cual había sido destruida en gran parte por la persecución. En este Sínodo dos funcionarios de la realeza presentaron a Isaac como “Cabeza de los cristianos”.
El Obispo Maruta había llevado consigo una carta de los Obispos de Occidente, la cual, después de ser traducida del idioma griego al persa y luego mostrada al rey, fue aprobada por este. Él ordenó que la carta se leyera ante los Obispos allí reunidos. Todos aceptaron los requisitos contenidos en la carta. Por encontrarse saliendo de una gran tribulación, los cristianos persas estaban dispuestos a ceder mucho ante aquellos que ahora les prometían paz. En el informe del Sínodo se dice que se celebró: “...en el undécimo año del reinado de Yezdegerd, el gran rey victorioso, después que las iglesias del Señor encontraron paz y tranquilidad, después que él dio la libertad y el apoyo a las asambleas de Cristo para que glorificaran a Cristo abiertamente en sus cuerpos en la vida y en la muerte, y después que él eliminó la nube de persecución que estaba sobre todas las iglesias de Dios y la noche de opresión contra todos los rebaños de Cristo. Por cuanto él había dado la orden de que en todo su imperio los templos destruidos por sus antepasados deberían ser restaurados con esmero, que los altares demolidos deberían ser cuidadosamente atendidos y que aquellos que habían sido puestos a prueba mediante el látigo y las cadenas por causa de Dios deberían ser puestos en libertad. Esto tuvo lugar en ocasión de la elección de nuestro honorable gran Padre ante Dios, Mar Isaac, Obispo de Seleucia y Cabeza de los Obispos de todo Oriente, que ante Dios fue digno de la gracia para gobernar en todo Oriente, cuya presencia y gobierno abrieron las puertas de la misericordia al descanso y la paz del pueblo y de la iglesia de Dios, cuya humildad y gran honorabilidad fue más brillante que la de todos los Obispos de Oriente antes que él (…) y por medio del mensajero de paz enviado a Oriente en la misericordia de Dios, el sabio Padre y Cabeza honorable, Mar Maruta, el Obispo que trajo la paz y la unidad entre Oriente y Occidente.
Él puso especial cuidado en la edificación de las iglesias de Cristo a fin de que las leyes divinas y los verdaderos cánones ya establecidos por nuestros padres honorables, los Obispos en Occidente, fueran igualmente establecidos en Oriente para la edificación de la verdad y de todo el pueblo de Dios. Y, mediante el cuidado de diversos Obispos de las tierras romanas, todas nuestras iglesias y asambleas en Oriente recibieron de ellos, aunque están lejos de nosotros en cuerpo, el amor compasivo y dones.”
Durante este tiempo se experimentó un júbilo auténtico al librarse de la opresión, y abundaron las acciones de gracias a Dios por su gran obra a favor de los creyentes; además de oraciones, pidiendo por el rey para que Dios le concediera más días, y así pudiera vivir para siempre.
Los Obispos presentes en aquel glorioso momento del Sínodo llegaron a decir que sus almas se sentían como si hubieran estado ante el trono de la gloria de Cristo: “Nosotros, los cuarenta Obispos, reunidos aquí desde los más diversos lugares, escuchamos con gran deseo y especial atención lo que fue escrito en la carta de los Obispos de Occidente”. La carta establecía que no debía haber innecesariamente dos o tres Obispos en una ciudad, sino un Obispo en cada ciudad y su distrito. Además, que los Obispos no debían ser nombrados por menos de tres Obispos actuando con la autorización del Metropolitano.
Se establecieron las fechas de los días festivos. Todos los cánones del Concilio de Nicea en la época de Constantino fueron leídos y firmados por todos los presentes.
Mar Isaac, dijo: “Cualquiera que no esté de acuerdo con estas leyes loables y con los excelentes cánones aquí firmados y no los acepte, sea apartado del pueblo de Dios y no tenga poder en la iglesia de Cristo”.
Más adelante se deja constancia: “Nosotros los Obispos lo confirmamos en conjunto con él, y todos lo apoyamos con un amén”. Luego, Mar Maruta dijo: “Todas estas explicaciones, leyes y cánones serán escritos, y al final los firmaremos y los confirmaremos en un pacto eterno”
Mar Isaac dijo: “Yo los suscribo a la cabeza de todos”. Entonces todos los Obispos de los distintos lugares prometieron con él: “Todos nosotros también los aceptamos con regocijo y confirmamos lo que ha sido escrito anteriormente, por medio de nuestras firmas al final del documento”.
Habiendo presentado todo esto ante el rey, Isaac y Maruta se dirigieron nuevamente a los Obispos, diciendo: “Antiguamente ustedes estaban en grandes aprietos y se reunían en secreto. Sin embargo, ahora el Gran Rey les ha procurado una paz inmensa. Y como Isaac ha servido ante el Gran Rey, este, conforme a su buena voluntad, lo ha nombrado Cabeza de todos los cristianos en Oriente. La aprobación del Gran Rey les ha traído paz y tranquilidad a ustedes, especialmente desde el día en que vino el Obispo Maruta.”
Después se establecieron las regulaciones para el nombramiento en el futuro de nuevas Cabezas de la Iglesia, ya fuera por parte de Isaac y Maruta o de sus sucesores, con la aprobación del rey en el trono.
Además, refiriéndose a la Cabeza, ellos añadieron: “Y nadie formará partido en su contra. Si alguien se levanta en su contra y contradice su voluntad, se nos deberá informar. Entonces nosotros le informaremos al Gran Rey acerca del mal que esta persona ha hecho, sea quien sea, para que sea juzgado por él. Después de esto nos marchamos, e Isaac y Maruta nos dijeron que todas estas cosas deberían ser escritas, o sea, todo lo que fuera útil para el servicio de la Iglesia Católica.” Esto fue aceptado con gusto, y se acordó que cualquiera que conscientemente se opusiera a estas ordenanzas debería ser excomulgado completamente de la iglesia de Cristo, y su herida nunca sería sanada; además, el rey debería imponerle un castigo implacable.
Hubo muchas otras ordenanzas, tales como: Los miembros del clero
deberían practicar el celibato y no casarse como antes; los Obispos que no habían podido estar presentes por causa de la distancia tendrían que acogerse a lo que había sido acordado; en tanto que algunos obispos, que desde el principio se habían opuesto a Isaac, fueron condenados como rebeldes.
Se prohibieron las reuniones en casas privadas, se establecieron los límites de las parroquias, y se permitió sólo una iglesia en cada una.
(Continuará)

