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LA PROMESA DE DIOS
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Heriberto
Super Moderador
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Mensaje: #1
LA PROMESA DE DIOS

La promesa dada por Dios a Moisés respecto de Su pueblo, fue alentadora: “He descendido para librarlos de la mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo.” (Éx. 3:8)

Así Dios reveló tres aspectos trascendentes de su propósito:

1) Librar a los israelitas de la mano de los egipcios
2) Sacarlos del territorio de sus opresores.
3) Conducirlos a una tierra buena y de abundancia.

Cumplidas las dos primeras partes de aquel designio divino, es decir, una vez que los israelitas fueron librados poderosamente de los egipcios y sacados de aquel suelo hostil, sólo faltaba que tomaran posesión de la tierra prometida.

Cuando llegaron a los contornos del anhelado territorio, ciertamente podían haber contado con la fidelidad de Dios para el cumplimiento de la parte restante de Su promesa. Sin embargo, en lugar de confiar plenamente en la Palabra del Señor, demandaron que Moisés enviara espías para observar la tierra “cómo es... si es buena o mala... y cómo es el terreno, si es fértil o estéril...” (Nm.13:18-21) Esto equivalía a decir: “No podemos confiar en lo que Dios dice de la tierra; tenemos que comprobarlo”.
Aunque una lectura superficial del pasaje nos da la impresión de que la orden de enviar espías había partido de Dios, cuando lo cotejamos con Deut.1:22 observamos que en realidad la iniciativa se originó en el corazón desconfiado de los hombres: Y vinisteis a mí todos vosotros, y dijisteis: Enviemos varones delante de nosotros que nos reconozcan la tierra...”
Por lo tanto, distinguimos que el plan fue motivado por la incredulidad del pueblo y el descuido por la Palabra divina. Dios les concedió permisivamente sus deseos, del mismo modo que cuando más tarde pidieron un rey, pero ninguna de las dos cosas se suscitó como explícita voluntad divina.

Así la congregación se dispuso a recibir y creer sólo el testimonio de hombres incrédulos, dejando de lado las promesas de Dios.
Cuando los espías volvieron de la misión no tuvieron nada malo que decir de la tierra en sí. Su testimonio fue que efectivamente fluía leche y miel, y como prueba trajeron los frutos que habían recogido allí. Pero a continuación, a excepción de Caleb y Josué, desmoralizaron al pueblo con una descripción desmesurada sobre los enemigos y obstáculos que habían encontrado. “Y hablaron mal entre los hijos de Israel, de la tierra que habían reconocido, diciendo: La tierra por donde pasamos para reconocerla, es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos en medio de ella son hombres de gran estatura.” (Nm.13:32)
Manifestaron que habían visto ciudades fortificadas, además de grandes gigantes frente a los cuales se sintieron como langostas, pero no dijeron ni una palabra acerca de Dios y Su promesa.
Con razón leemos en He.3:19: “Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad”
El pueblo ya estaba en Cades-Barnea, en los mismos límites de la tierra prometida, sus frutos estaban delante de ellos, pero... “decían el uno al otro: Designemos un capitán y volvámonos a Egipto” (Nm.14:4) En su corazón ya se habían vuelto atrás, y es muy común que los pasos sigan al corazón. “...no miréis en pos de vuestro corazón y de vuestros ojos en pos de los cuales os prostituyáis.” (Nm.15:40)
Aunque se le les había recordado que a pesar de los obstáculos, el Señor podía hacerles poseer la tierra prometida, optaron por darle la espalda y rehusaron entrar. Esto marcaría una crisis en su historia. En medio de las constantes murmuraciones y faltas que cometían, Jehová los había conducido con paciencia, pero ese repudio deliberado de su herencia, por incredulidad a la Palabra divina, debía ser juzgado y castigado. Si no hubiera sido por la intercesión de Moisés, la ira justa de Dios los hubiera consumido en un instante. No obstante, los incrédulos cosecharían lo que habían sembrado. La peregrinación por el desierto se extendería por cuarenta años, y aquellos morirían sin poder entrar en la tierra prometida. Únicamente los hijos nacidos durante la travesía, además de Caleb y Josué, podrían poseer la buena tierra.

Aquella tierra de promisión es tipo de la vasta herencia de bendiciones espirituales a las que tiene acceso cada creyente. Sin embargo, así como Dios estableció para Israel que “Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie será vuestro” (Deut.11:24) así el creyente no debe ser perezoso sino ”imitador de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas” (He.6:12)
Conocer la geografía de un país es una cosa, pero pisar su suelo es otra. Tomar posesión efectiva de las bendiciones espirituales nos llevará sin duda al lugar de “los hijos de Anac” y a “ciudades muy grandes y fortificadas” (Nm.13:28). Las uvas y los gigantes por lo general se encuentran juntos, y si queremos alimentarnos de las unas tendremos que luchar con los otros. Las uvas son dulces, pero los gigantes son fuertes, y antes que enfrentarse con ellos, muchos desestiman la herencia de bendición y se vuelven a la mundanalidad. ¡Cuántas veces hemos visto a creyentes encantados de la bendición de la vida de fe! Pero cuando tienen que tomar su cruz; y los dardos del maligno los atemorizan, y los amigos se oponen, y el mundo se burla, en lugar de luchar prefieren quedarse en el desierto, y de algún modo se vuelven al mundo, donde pasan sus días, rebeldes e infelices, y siendo tropezaderos para otros.

El resto de la historia de esta compañía incrédula es una incógnita. Dios considera que no vale la pena escribirla. Desde el día que despreciaron la tierra hasta que volvieron a sus límites después de 38 años de peregrinación, no hay otro relato que el de la lapidación del hombre que profanó el sábado, y el de la rebelión y castigo de Coré y sus cómplices. Estos dos hechos tienen mucha significación en la historia de un pueblo caído y rebelde, y sin duda tienen hoy su paralelo en las rebeliones y apostasías de la cristiandad.

A pesar de todo, nos conforta volver la vista a los dos hombres fieles que se pararon valerosamente y confesaron su fe en el Dios vivo. Caleb y Josué integraban el grupo de los doce hombres elegidos para espiar la tierra, pero eran de espíritu distinto al de los demás. Creyeron que era fiel el que había prometido. Estaban completamente dispuestos a seguir al Señor, como Caleb confesó, 45 años después, en la tierra de Canaán: “Y yo le traje noticias como lo sentía en mi corazón” (Josué 14:7) Su perspectiva no se supeditó sólo a lo que vio, sino a lo que creyó.
Así, estos siervos leales alcanzaron la promesa de Dios.
“Gustad, y ved que es bueno Jehová. Dichoso el hombre que confía en Él.” (Sal.34:8)

03-06-2008 12:01 AM
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