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1 Votos - 5 en Promedio   LA IGLESIA SEGÚN EL ORDEN DE DIOS
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Heriberto
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Mensaje: #1
LA IGLESIA SEGÚN EL ORDEN DE DIOS

En el orden del cumplimiento de los tiempos prefijado por Dios para la humanidad, (Hch.17:26) el propósito divino para el período actual se centra en el llamamiento de LA IGLESIA (en singular) como el cuerpo de Cristo.

Ese designio de Dios, completamente revelado en el Nuevo Testamento, contempla la instauración de iglesias o asambleas locales (en plural) como la expresión distintiva de aquella única Iglesia de Cristo.

Empero, debemos observar que la Iglesia de Cristo no está constituida esencialmente por iglesias locales con el conjunto de las personas que se vinculan de algún modo a ellas, sino exclusivamente por todos los creyentes en el Señor Jesucristo, que han sido justificados (Ro.3:28) y salvados por la fe en Él (Ef.2:8), sin considerar con qué iglesia local se relacionan.

Entonces, podemos discernir en las Escrituras que Dios, dentro de su plan, ha establecido que el testimonio de Cristo sea sostenido y extendido fundamentalmente mediante la formación de iglesias locales.

También es preciso distinguir que la Palabra de Dios establece el modelo al que deben conformarse dichas iglesias.

Lamentablemente, las complejas organizaciones religiosas que los hombres han ido desarrollando durante el transcurso del tiempo están cada vez más lejos de asemejarse al modelo bíblico.

Las iglesias, según la descripción del Nuevo Testamento, son simplemente congregaciones de cristianos que, convocados por el Señor Jesucristo, se reúnen en Su Nombre, en cualquier lugar, con fines espirituales (1ª Co.1:2).
Las Sagradas Escrituras se refieren a estas congregaciones como “las iglesias de Dios” (1ª Co.11:16 y 2ª Tes.1:4) porque tienen su origen en Dios; “las iglesias de Cristo” (Ro.16:16) porque cada una está relacionada directamente con Cristo mismo, a quien le pertenecen todas; y “las iglesias de los santos” (1ª Co.14:33) porque sus integrantes fueron llamados a la santidad, es decir, han sido apartados para el Señor. Además, podemos encontrar otros términos como: “las iglesias de Galacia” (Gá.1:2) , “las iglesias de Asia” (1ª Co.16:19), etc. cuando la Escritura hace referencia a la ubicación física de esas congregaciones.

Merece consideración el hecho de que ninguna iglesia traspasaba su identidad local o nacional a lugares distintos de su localización original. Por ejemplo, hubiera sido un absurdo que al momento de constituirse la iglesia en Antioquía se la hubiese identificado como “la iglesia de Jerusalén” meramente porque quienes predicaron el Evangelio en Antioquía habían salido de Jerusalén. Hoy podemos observar que existen numerosas iglesias que, en razón de las denominaciones que ostentan, incurren en ese absurdo. No pasemos por alto que la iglesia con base escritural siempre es local, y debe identificarse con el lugar donde funciona, más allá de la nacionalidad u origen de los siervos que Dios emplee para instituirla, o de la procedencia de sus integrantes.

La iglesia de los tesalonicenses estaba, obviamente, sólo en Tesalónica (1ª Tes 1:1), y la de los laodicenses en Laodicea (Col.4:16). A modo de ejemplo hipotético, supongamos que un grupo de creyentes de Tesalónica se hubiera radicado en Berea, estableciendo allí una iglesia. Esa nueva iglesia local no se habría de reconocer como la iglesia de los tesalonicenses, pues desde ese momento dicha congregación estaría identificada sólo con Berea, dejando al margen cualquier referencia respecto del origen de sus componentes.

Pero notemos particularmente que aunque aquellas asambleas cristianas se mencionan en las Escrituras en relación con distintos lugares en los que desarrollaban su acción, todas experimentaban la unidad del Espíritu, profesando una fe que les era común (Ro.1:12)

“Y Dios que conoce los corazones les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros, y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones” (Hch.15:8-9)

Por cierto que los relatos de la Escritura no ocultan que aquellas primeras asambleas locales, al igual que las actuales, evidenciaban determinadas faltas, que, aunque propias de la naturaleza humana de sus integrantes, no por eso eran admisibles. En algunas iglesias se habían deslizado errores doctrinales, mientras que en otra se había manifestado una incomprensible indiferencia frente a la conducta inmoral de alguno de sus miembros, originándose además disensiones y problemas diversos.
No obstante, en el Nuevo Testamento se describen las medidas apropiadas a aplicar para corregir y erradicar esos males. Las Escrituras mismas nos guían en relación con cada asunto relacionado con la casa de Dios, y notemos aquí que aunque aquellas asambleas tenían faltas de una clase u otra, no por ello dejaban de ser consideradas como iglesias de Dios.

Además, es necesario observar que, pese a que aquellas faltas no eran justificables, ninguna iglesia tenía la facultad de juzgar a otra, puesto que cada congregación era directamente responsable ante el Señor de arreglar sus propios asuntos, sin intervenciones compulsivas de otra iglesia ni de entidad humana alguna. Este principio bíblico nunca fue modificado, y también hoy debería ser rigurosamente respetado, a pesar de quienes frecuentemente pretenden introducir en la iglesia procedimientos institucionales totalmente ajenos a los preceptos bíblicos a los cuales ineludiblemente debemos sujetarnos.

Examinemos ahora las enseñanzas referidas a la iglesia en: 1) Los libros del Evangelio, 2) Los Hechos de los Apóstoles y 3) Las Epístolas.

1) Los libros del Evangelio (según Mateo, Marcos, Lucas y Juan)
Dado que la iglesia de Cristo no había sido aún constituida antes de los acontecimientos de Pentecostés relatados en Hch.2, no se puede esperar que estos libros contengan muchas referencias sobre ella.
Aquí debemos considerar que el vocablo original griego “ekklesia” trasliterado en nuestro idioma como “iglesia”, se empleaba en círculos griegos seculares para denominar una asamblea pública de ciudadanos convocada generalmente para acordar asuntos inherentes a la comunidad, obviamente sin ninguna connotación cristiana.

Desde el punto de vista del trasfondo hebreo, podemos señalar que en la versión denominada “septuaginta” (traducción de las Escrituras del hebreo al griego) se emplea el vocablo ekklesia para traducir la palabra hebrea “qahal” proveniente de una raíz que significa “convocar”. El término es usado frecuentemente para designar la “congregación” de Israel.
Vemos así que la expresión “iglesia” antiguamente tenía distintos alcances, aunque siempre haciendo referencia a algún grupo específico de personas convocadas en asamblea.

Posteriormente, el Señor Jesucristo aplicó el mismo término “ekklesia” para referirse a la reunión de aquellos que Él mismo convocaría para integrar Su cuerpo.

Debemos advertir al respecto que, más allá del significado primario del vocablo, la iglesia de Cristo fue formada como una entidad original y distintiva del Nuevo Testamento, y esencialmente diferenciada tanto de la primitiva congregación de Israel como de las antiguas asambleas políticas griegas.

Es posible que alguna mención bíblica temprana de “la iglesia”, sin especificar su identidad, pueda referirse acaso a la antigua congregación de Israel, pero sin lugar a dudas el anticipo del Señor Jesucristo en Mateo 16:18 se refiere específicamente a la iglesia cristiana: “...edificaré mi iglesia” (en aquel entonces, tiempo futuro) Así el Señor alude precisamente a la edificación de Su Iglesia, aunque ello no se concretaría efectivamente hasta que Él mismo consumara la obra de redención a favor de quienes habrían de componerla, mediante Su sangre derramada en la cruz, (“Porque habéis sido comprados por precio...” 1ª Co.6:20) y Su Espíritu descendiera para morar en ellos.

Más adelante, ya concluida su magna obra en la cruz, el Señor comisiona a los suyos y, según Mateo 28:18-20, les impone tres premisas fundamentales en su misión:
a) Id, y haced discípulos a todas las naciones
b) Bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
c) Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.

Todos los que pretenden servir al Señor deben obedecer estas instrucciones, sin omitir ninguna de ellas.
Debemos predicar el Evangelio de Cristo para hacer discípulos (de Cristo) Sabemos que el Evangelio “...es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree...” (Ro.1:16), por lo que la predicación perseverante resultará en almas salvadas para la gloria de Dios. A continuación, esos renacidos necesitarán ser aleccionados respecto de las verdades concernientes al bautismo de los creyentes, para que cada uno obedezca esa ordenanza del Señor. Igualmente se les deberá impartir la enseñanza de las demás doctrinas bíblicas, de modo que sean instruidos en “todo el consejo de Dios” (Hch.20:27) “Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra o por carta nuestra” (2ª Tes.2:15)

La falta de obediencia a la gran comisión en todos sus términos aleja a los creyentes de vitales verdades de la Palabra de Dios, lo que trae como consecuencia el debilitamiento del testimonio cristiano.

Cuando, en lugar de aprender todas las cosas que el Señor nos mandó, estemos tentados a entretenernos con pasatiempos superficiales y novedades ajenas a la Palabra de Dios, o con prácticas vinculadas al régimen del Antiguo Pacto, hoy extemporáneas, recordemos el sabio consejo de las Escrituras: “No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas: porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia, no con viandas que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas.” (He.13:9)

2) Los Hechos de los Apóstoles:
El libro de Los Hechos relata la historia del comienzo de la Iglesia, en Jerusalén, y la posterior extensión del Evangelio desde allí a otras regiones, a partir de la persecución desatada contra los creyentes.
Así, lo que en principio podría haberse considerado como una adversidad, vino a ser en realidad una gran bendición para la Obra de Dios.
El Evangelio fue predicado, y gran número de personas creyó y se convirtió al Señor. (Hch.11:21) Esos creyentes comenzaron a congregarse, formando iglesias locales, desde las que se siguió extendiendo el testimonio cristiano. De tal modo, además de la iglesia en Jerusalén, se fueron formando congregaciones en Antioquía, Corinto, Éfeso, Tesalónica, etc., sencillamente porque los cristianos observaban fielmente los preceptos de la Gran Comisión, subordinándose completamente a la guía del Espíritu Santo.

3) Las Epístolas:
Las epístolas o cartas del Nuevo Testamento, inspiradas por el Espíritu Santo como todas las Sagradas Escrituras, fueron escritas para impartir instrucción espiritual, tanto a los creyentes en particular como a las asambleas que éstos integraban.
Consecuentemente, el propósito de las epístolas fue establecer a las iglesias de los santos en la verdad.
Las grandes doctrinas cristianas fueron explicadas, tanto en relación con la iglesia en sí, como con la vida diaria de sus integrantes, y de ese modo los creyentes fueron enseñados sobre cómo conducirse en la iglesia, en la familia y en la sociedad en general.

De aquellas enseñanzas extraemos por lo menos cuatro razones esenciales para la instauración de las iglesias locales:

a) Dar oportunidad a los redimidos de expresar comunitariamente su gratitud, alabanza y adoración al Señor.
b) Vigorizar la fe de los creyentes facilitándoles el conocimiento adecuado de las doctrinas de la Palabra de Dios.
c) Fortalecer la comunión entre los creyentes.
d) Proclamar las Buenas Nuevas del Evangelio, dando testimonio de la Verdad.

Por consiguiente, entendemos, a través de las Escrituras, que las iglesias locales forman parte esencial del plan de Dios para este período, en el orden del cumplimiento de los tiempos que Él ha prefijado.

Consideremos ahora algunas de las condiciones fundamentales para el desenvolvimiento escritural de las iglesias locales:

1) Reconocimiento del Señorío de Cristo:

Las Escrituras enseñan que JESÚS ES EL SEÑOR, (Lucas 2:11; Hch.2:36; Fil.2:11) y debe ser reconocido como tal por cada creyente.

Como Señor, es también la cabeza del Cuerpo que es Su Iglesia, y no delega en ningún mortal esa prerrogativa divina. (Col.1:18)

En 1ª Co. 12:3 el apóstol Pablo declara que el reconocimiento de Jesús como Señor es evidencia de la presencia e intervención del Espíritu Santo en el creyente.

Por consiguiente, en lo que se refiere al funcionamiento de la iglesia, el factor determinante de todas las cosas debe ser la voluntad del Señor, por encima de cualquier iniciativa o decisión de los hombres.

La usurpación de la función del Espíritu Santo, en cualquier forma que fuere, constituye una negación del Señorío de Cristo.

2) La dirección del Espíritu Santo:

Una característica que distingue al creyente es la dirección del Espíritu Santo en su vida; es decir, que el cristiano es guiado y controlado por el Espíritu Santo que mora en él.

En su relación con la iglesia, el creyente es encaminado por el mismo Espíritu a reunirse con sus hermanos en la fe. Cuando un verdadero hijo de Dios se reúne, no lo hace en razón de procurar algún favor divino a cambio de acudir a un edificio o lugar de culto, sino que sencillamente es compelido a reunirse con otros creyentes como algo característico de su naturaleza espiritual, y así su vida cristiana se desarrolla.
No obstante, consideremos especialmente que una persona no es cristiana simplemente por asistir a las reuniones de una iglesia, sino por haber recibido el perdón de sus pecados y la vida de Dios, al creer con fe en el Señor Jesucristo.

Por otro lado, hay creyentes que cometen el error de suponer que meramente por concurrir a determinadas convocatorias religiosas espectaculares pueden llegar a recibir, en forma automática, alguna unción especial que los impulse a alcanzar súbitamente grandes alturas espirituales en su experiencia cristiana.
En gran medida, esa tendencia es responsabilidad de ciertos líderes que pretenden tener la facultad de impartir “unciones espirituales”, y que con profusa propaganda negocian sus “poderes” y “favores” con los incautos que concurren a sus “espectáculos de fe”.

Sólo recordemos que en 1ª Co.12:7-11 la Escritura declara: “A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho”. Esto es que, sin investiduras humanas, los creyentes son habilitados y dirigidos en sus funciones espirituales directamente por el Espíritu Santo, en sujeción a Cristo el Señor.

3) La posición de los creyentes en la iglesia:

En la iglesia, según el modelo bíblico, no hay ninguna distinción de castas o clases como es frecuente en ciertas organizaciones religiosas alejadas del patrón escritural. En las iglesias de Dios no encontramos “clérigos” y “laicos”, pues todos los creyentes conforman igualmente el sacerdocio, sin necesidad de mediación alguna, aparte de la de Cristo mismo.

La práctica de ordenar sacerdotes para que conformen un grupo exclusivo de religiosos, que pretenden mediar entre los hombres y Dios, es una peligrosa perversión del verdadero sacerdocio divinamente instituido, pues Dios considera a cada creyente como sacerdote: “Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.” (1ª P.2:5)

Las antiguas distinciones judaicas, propias del Antiguo Pacto, entre el sumo sacerdote, los sacerdotes comunes, los levitas y el pueblo, nunca fueron instauradas por disposición divina en la iglesia, pues desaparecieron totalmente en Cristo. “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1ª P.2:9)

No obstante, consideremos especialmente que en la iglesia cada hermano está capacitado para desarrollar distintas funciones, conforme con los dones que el Señor le ha dado a través del Espíritu Santo. La Escritura declara: “Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo como Él quiso” (1ª Co.12:18) y “No todos los miembros tienen la misma función” (Ro.12:4) El reconocimiento de la función que un creyente ejerce en la iglesia, cualquiera que sea, no le otorga a éste ningún rango ni supremacía sobre sus hermanos en la fe.
Sólo cuando cada miembro del cuerpo reconoce a su Cabeza, es decir al Señor Jesucristo, y se sujeta a Él en absoluta obediencia, la iglesia puede evidenciar orden y armonía. Consideremos que todas las directivas legítimas para cualquier movimiento o servicio de los creyentes deben proceder de la Cabeza. Por lo mismo, ningún siervo de Dios necesita la ordenación o habilitación de ningún otro mortal para ejercer su don de acuerdo con las reglas divinas.
Únicamente el Señor tiene autoridad para disponer el cometido de sus siervos, conforme con sus propósitos y soberana voluntad.

Asimismo debemos recordar que sólo el Señor, a través del Espíritu Santo, tiene facultades para:

a) Establecer las normas de vida, obra y orden en las iglesias (Hch. 15:28-29)
Las instituciones humanas, concebidas en el intelecto de los hombres, se rigen por estatutos o reglamentos diversos, pero la iglesia no es una mera organización humana sino un cuerpo u organismo concebido en la mente de Dios, y por ende está sujeta únicamente a las normas de Su Palabra, sin aditamentos de ninguna naturaleza.

b) Dirigir la obra evangelizadora o misionera (Hch. 11:12; 16:6)
Esta facultad es privativa de la Cabeza, y no debe ser usurpada por nadie. “A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.” (Mt. 9:37-38)
La dirección de la Cabeza respecto de la obra misionera se expresa por medio del Espíritu Santo directamente en cada iglesia local, de acuerdo con el plan general divino. “...dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado.” “Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre” (Hch.13:2 y 4) Este orden divino nunca debe ser reemplazado por regulaciones de organizaciones humanas, pues la dirección de la obra evangelizadora le compete exclusivamente al Señor de la mies, quien a través del Espíritu Santo actúa directamente en y con sus siervos conforme con Su plan, sin necesidad de injerencias ajenas.
Como ejemplo, citamos el relato de Hechos 16:6-10 donde encontramos que cuando Pablo y Silas se hallaban en camino de Frigia y Galacia, el Espíritu Santo les prohibió hablar la Palabra en Asia. Al llegar a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero otra vez el Espíritu se los impidió. Entonces pasaron por Misia y descendieron a Troas, donde una noche Dios le mostró a Pablo una visión de un varón macedonio que le rogaba: “Pasa a Macedonia y ayúdanos”
Los dos obedientes obreros comprendieron que Dios los estaba llamando para predicar el Evangelio en Macedonia, y procuraron partir hacia allí lo antes posible (Hch.16:6-10), pese que tal destino no había sido contemplado en los planes previos.
Esto no implica que la dirección del Espíritu Santo deba esperarse hoy necesariamente a través de alguna manifestación mística extraordinaria, ya que cada creyente, en su carácter de hijo de Dios, recibe la guía constante del Espíritu Santo en su experiencia normal. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.” (Ro.8:14)
Obviamente que nuestra responsabilidad es andar en el Espíritu” (Gál.5:16) y ser sanos en la fe, no atendiendo a fábulas ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad. (Tito 1:13-14)
La sujeción al Señor en relación con la obra de extensión misionera, implica que Él desarrollará sus planes más allá de los medios del obrero y de la congregación misma. “MI Dios, pues, suplirá todo lo que os falta, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.” (Fil.4:19)

Aún en medio de arduas dificultades y del desamparo de los hombres, el apóstol Pablo afirmó: “Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación... (2ª Ti.4:17)

Si bien es cierto que, como hemos mencionado, la obra misionera no debe estar orientada por regulaciones humanas, no es menos cierto que sobre este asunto Dios ha establecido claros principios bíblicos que nos será útil considerar:

1) Sobre el lugar de trabajo:

El apóstol Pablo declara en Ro.15:20 “Y de esta manera me esforcé a predicar el Evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamente ajeno...”

“Y que anunciaremos el evangelio en los lugares más allá de vosotros, sin entrar en la obra de otro para gloriarnos en lo que ya estaba preparado...” (2ª Co.10:16)

Aunque este principio es importante, hoy muchas veces es ignorado por muchos cristianos que suponen que la obra misionera consiste simplemente en realizar giras periódicas visitando iglesias establecidas por otros, ministrar en algunas reuniones y, quizás, hasta vender literatura cristiana. No negamos que ese servicio, si no persigue intereses mezquinos, puede resultar muy edificante, pero el caso es que esa actividad, aunque itinerante, no puede calificarse como “obra misionera” en un sentido estricto, pues un genuino misionero concentrará su mayor esfuerzo en llevar el Evangelio a lugares donde no haya ningún testimonio cristiano. “...haz obra de evangelista, cumple tu ministerio” (2ª Tim.4:5)

En otros casos hay siervos de Dios que son encomendados como misioneros, pero, en lugar de emprender la verdadera obra misionera sin edificar sobre fundamente ajeno, se arraigan en alguna iglesia ya existente y asumen las tareas propias de un pastor.

Obviamente que no pretendemos juzgar el ministerio de ningún siervo de Dios, pues cada uno depende directamente del Señor de la mies. Más bien, el propósito de estos comentarios es esclarecer el sentido primordial de lo que puede calificarse como “obra misionera”.

2) Esencia del trabajo misionero:

El trabajo esencial de un misionero consiste en predicar el evangelio allí donde aún no hay un testimonio cristiano.

Al respecto, es necesario advertir que hoy existen innumerables lugares donde actúan grupos de falsos cristianos que predican un evangelio diferente, (Gá.1:8) y hacen mercadería de sus seguidores (2ª P.2:3)
Obviamente que esos grupos nominales no pueden considerarse como genuinos testimonios cristianos, por lo que en un lugar semejante un misionero podrá realizar su tarea sin temor de “entrar en la obra de otro”, y con la seguridad de que no estará edificando “sobre fundamente ajeno”.

Pedro expresó: “Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que Él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. (Hch.10:42)
Por su parte, Pablo afirmó: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio” (1ª Co.1:17)
Ambos obreros declararon que su responsabilidad primordial era predicar el Evangelio de la gracia de Dios.
Anunciaban la totalidad del mensaje, sin omisiones ni añadiduras, y sin presunción ni exhibicionismo alguno. Se identificaban a sí mismos como “siervos” (2ª P.1:1 y Tit.1:1) y no pretendían ser distinguidos con otros títulos ilustres, comúnmente originados en la vanidad de los hombres.

Por cierto que jamás intentaron atraer a nadie con espectáculos ni entretenimientos artificiales de estilo profano. No deseaban recibir aplausos ni ovaciones, y no pretendían retribución por el ejercicio de sus dones.“¿Cuál, pues es mi galardón? Que predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de Cristo...” (1ª Co 9:18)

c) Constituir obispos (sobreveedores) dentro de las iglesias (Hch. 20:28)
En el orden bíblico, un genuino pastor no es meramente un profesional graduado en una institución teológica, contratado como pastor asalariado de una iglesia, de la que luego se irá desplazando sucesivamente a otras, según sus oportunidades o conveniencias.
Esa práctica suele distorsionar el genuino sentido bíblico en lo referente a la instauración y función de un pastor.
Según las Escrituras, los verdaderos pastores son aquellos que el Espíritu Santo capacita y pone para presidir en la iglesia local que ellos mismos integran. (Hch.20:28)
En las iglesias con base escritural, los pastores son simplemente reconocidos por sus cualidades y labores en la congregación, sin necesidad de títulos u ordenación alguna, habida cuenta que no es la iglesia la que los elige o designa, ni les comunica autoridad como pastores, sino el Señor de la iglesia y Dueño de la grey, por la intervención del Espíritu Santo (Hch.20:28)

La palabra “obispo” deriva del griego “episkopos”, que literalmente significa: sobreveedor.
El trabajo de los sobreveedores consiste esencialmente en apacentar la congregación (guiarla y alimentarla espiritualmente) El término sobreveedor, u obispo, guarda relación con el trabajo de tal siervo de Dios, mientras que el término bíblico equivalente: “anciano”, en griego: “presbyteros” hace referencia a la madurez espiritual que debe caracterizar a quienes realizan tal trabajo.

La función de los obispos, pastores o ancianos (términos indistintos para la misma ocupación) se desarrolla primordialmente en el ámbito de la iglesia local que componen, sin inmiscuirse arbitrariamente en los asuntos de otra congregación.
Pueden ocuparse o no a tiempo completo en su labor, y, en caso necesario, recibir sostén económico.(1ª Ti. 5:17) Empero, las distinciones jerárquicas entre: “obispo”, “pastor principal”, “pastor auxiliar”, “anciano” “consejero”, etc., (en orden descendente) o rangos por el estilo que numerosas organizaciones religiosas establecen en sus iglesias dependientes, carecen de sustento escritural.
Lo mismo ocurre con la práctica clerical de ordenar un obispo para que gobierne numerosas iglesias. Según el modelo bíblico, ninguna iglesia local debe estar sometida a la tutela, decisiones o dictámenes de una autoridad central humana, ya que esa autoridad necesariamente es externa a la iglesia local misma, y por lo tanto incompetente para entender en sus asuntos.

Alcances de la autonomía de la iglesia local:

Aunque consideramos que una congregación local no debe estar sometida a una autoridad humana central, ninguna verdadera iglesia cristiana presumirá de ser completamente autónoma, pues indefectiblemente ha de estar sujeta a la autoridad suprema y única de su Cabeza, el Señor Jesucristo, y ello implica que debe acatar incondicionalmente las normas doctrinales escriturales, sin omisiones ni añadiduras de ningún tipo.

Esos principios incluyen, además, el debido reconocimiento y consideración hacia otras iglesias cristianas, pues la Escritura nos demanda ser “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz“ (Ef.4:3) teniendo siempre presente que una iglesia no se considera cristiana meramente por su denominación, sino por estar edificada sobre el fundamento de los apóstoles, es decir que se sostiene en el Señor Jesucristo y en las doctrinas de la gracia de Dios, dando testimonio del verdadero Evangelio que “es poder para salvación a todo aquel que cree.” (Ro.1:16)

“Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe y delira...” (1ª Ti. 6:3)

Aunque la unidad espiritual de los creyentes es real y efectiva en Cristo, ello no implica necesariamente la aglomeración masiva de todos los salvos en un solo grupo, como suponen los activistas del ecumenismo religioso u otras organizaciones igual de desorientadas, pues la pluralidad de iglesias locales no constituye división espiritual.

Por otra parte, cada congregación deberá tener cuidado de no adoptar una posición “exclusivista” o sectaria como si ejerciera el monopolio de la fe cristiana. “¿Acaso ha salido de vosotros la Palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado? (1ª Co.14:36)
El apóstol Juan describió la actitud despótica de Diótrefes, manifestando entre otras cosas que: “...no recibe a los hermanos, y a los que quieren recibirlos se los prohibe, y los expulsa de la iglesia. (3ª Jn.v.10)

Si bien el mismo Juan nos advierte que no se debe recibir ni dar la bienvenida a falsos maestros que no traen la doctrina de Cristo, tal recomendación no implica que tengamos licencia para atentar contra la unidad del Espíritu, desacreditando o simplemente desconociendo a aquellos que son verdaderos hermanos en la fe, acaso porque no integran un grupo afín a nuestras preferencias

Por la gracia de Dios cada creyente ha sido redimido por Cristo, y sin discriminación alguna forma parte de Su iglesia. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu. (1ª Co.12:13)

“A Él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús, por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.”

(Efesios 3:21)

30-05-2008 06:36 PM
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carluiz
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Mensaje: #2
RE: LA IGLESIA SEGÚN EL ORDEN DE DIOS

Un saludo cristiano, hno. Heriberto, el tema que desarrolló sobre la Iglesia, según el orden de Dios me parece excelente aunque me gustaría saber la fuente que sustenta dicha información para ampliar mis conocimientos bíblicos y además pedirle que escribiera un poco sobre los aspectos principales de la Palabra de Dios, haciendo énfasis en el Nuevo Testamento, sin más que añadir se despide de usted su hermano en Cristo, Carlos Luis Colina Lugo, email: [email protected], [email protected]

25-06-2008 01:01 PM
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Heriberto
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Mensaje: #3
RE: LA IGLESIA SEGÚN EL ORDEN DE DIOS

Estimado hermano Carlos:
La verdadera fuente en la que procuramos sustentar toda enseñanza es la misma Palabra de Dios, más allá de las publicaciones que podamos consultar como referencia, aunque no podría señalar una bibliografía en particular.
Respecto de su pedido, tengo en preparación un estudio bíblico que oportunamente compartiré en la voluntad del Señor, deseando que pueda ser útil para nuestra mutua edificación.
Un saludo fraternal,
Heriberto Brugger

25-06-2008 09:34 PM
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Oscar Goinheix Lehrer
Unregistered


Mensaje: #4
RE: LA IGLESIA SEGÚN EL ORDEN DE DIOS

Lamento tener que discordar con el hermano Carlos Luis Colina Lugo; la exposición de este tema no es excelente; es preocupante. La situación real de las mal llamadas iglesias no se corresponde en nada a lo que enseña la Biblia. Por eso deberíamos preocuparnos y de forma auto-crítica ver cómo volver a la voluntad de Dios respecto al diseño de las iglesias locales. No obstante, lo que parece generar esta exposición es una reacción de “que interesante”, “que estudio bien realizado”, “lo felicito”.

Lo que se está diciendo – y es la triste verdad – es que el lugar al que asiste Carlos Luis Colina Lugo (lo nombro a él pero me refiero a todos los lectores) todos los domingos, no es una iglesia en el sentido bíblico. Resulta que Carlos Luis Colina Lugo y todos los lectores han descubierto que jamás se han congregado en una iglesia de Cristo, y que de seguir todo como está, que jamás lo harán. Y esto no puede responderse con “que palabras hermosas”. Pero es así…nadie va a hacer nada por buscar la voluntad de Dios…todo debe continuar igual de mal…y todos procurarán olvidarse de esto lo más pronto que puedan.

03-11-2009 05:27 PM
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