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ESTUDIOS SOBRE EL TABERNÁCULO EN EL DESIERTO (4)
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Heriberto
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ESTUDIOS SOBRE EL TABERNÁCULO EN EL DESIERTO (4)

EL LUGAR SANTO (Éxodo 26:33; Hebreos 9:6

El Tabernáculo estaba dividido en dos compartimientos, uno, el de mayor dimensión, denominado el Lugar Santo, y el otro el Lugar Santísimo”.

En el lugar santo había tres elementos distintivos:
1) El altar de oro.
2) La mesa de los panes de la proposición.
3) El candelero de oro.

El Lugar Santo era un recinto sagrado al que podían acceder exclusivamente los sacerdotes. Para hacerlo debían sujetarse a rigurosas instrucciones establecidas por la ley de Dios.
En Israel había una sola familia, la de Aarón, de la tribu de Leví, que estaba investida para el sacerdocio. El oficio de sacerdote en el antiguo orden era hereditario, y por consiguiente ese ministerio se transmitía de padres a hijos, sin posibilidad de que alguien ajeno pudiera tomar parte en el oficio sacerdotal.
Entonces, para participar de tal privilegio era imprescindible haber nacido dentro del seno de la familia de Aarón.
Hoy, en este período de gracia en el que vivimos, aunque ya no estamos subordinados al viejo pacto, en cierto modo se reitera aquella condición: Sólo puede ser sacerdote quien espiritualmente ha nacido de nuevo en la familia de Dios (Ef.2:19) Pero a diferencia de lo que establecía el antiguo régimen de la ley como un privilegio para unos pocos, al presente todo hijo de Dios es constituido sacerdote (1ª P.2:5) empero de ningún modo como una prerrogativa hereditaria, sino porque Dios lo hizo nacer por la Palabra de Verdad (Stg. 1:18)
Ahora, en la genuina familia de Dios, nacida de lo alto, no se reconocen distinciones entre “sacerdotes” y “laicos” pues todos los santos de Dios son “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios...” (1ª P.2:9)
Desde el más flaco y débil de los redimidos del Señor, hasta el más maduro y desarrollado, cada uno puede apropiarse de estas verdades, y gozar de los privilegios que significan.
Las capacidades individuales o los dones dados a cada creyente por la gracia de Dios, importantes en otras esferas del servicio cristiano, no guardan relación con la competencia para el ejercicio del sacerdocio, pues éste es, en esencia, el derecho que les corresponde a todos los redimidos en virtud de su nacimiento espiritual, al margen de las habilidades de cada cual.

Es preciso no olvidar que hemos sido hechos cercanos por la sangre preciosa de Cristo, quien descendió hasta lo más bajo para levantarnos de nuestra ruina, y no solamente nos recató sino que nos elevó al rango de un “sacerdocio santo para ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1ª P.2:5)

El sacerdote de Israel, admitido por medio de los sacrificios ofrecidos en el altar, limpiado por el agua de la fuente, y ungido con el aceite santo, es figura del creyente acepto en el Amado, limpiado por el lavamiento de la regeneración y por la Palabra de Dios, y ungido del Espíritu Santo; hecho así apto para acercarse digna y confiadamente a Dios.
La sangre del Señor Jesucristo nos otorga el derecho de hacerlo con libertad. La purificación continua por la Palabra de Dios es la condición imprescindible, y el Espíritu de Dios el poder eficaz para que desempeñemos las funciones de nuestra vocación sacerdotal (Ver He.10:19-22 y Ef.2:18)

LA PUERTA DEL TABERNÁCULO (Éxodo 26:36-37; 36:37-38)
La puerta de la tienda estaba constituida por una cortina de azul, púrpura, carmesí y lino retorcido, colgada sobre cinco pilares de madera de acacia cubiertos y coronados de oro, apoyados éstos en cinco basas de bronce. Era la única entrada al Lugar Santo.
Es interesante notar que esta puerta tenía igual superficie que la puerta del atrio, pero sus medidas eran el doble de la altura de aquella y la mitad del ancho. Este detalle no es casual, y encierra, en figura, una significativa enseñanza respecto del orden de Dios: La puerta de afuera, más ancha, era para todos, pero la del Lugar Santo, más angosta y de mayor altura, era sólo para los sacerdotes.
Consideremos el siguiente ejemplo: El Evangelio de la gracia de Dios es para toda la humanidad, y la puerta es lo suficientemente ancha para todos, pero los privilegios y las bendiciones de la casa de Dios son exclusivamente para los santos (los creyentes en Cristo)
Por lo tanto, en la predicación del evangelio es preciso demarcar una clara línea divisoria entre los hijos de Dios y los inconversos, y usar bien la palabra de verdad (2ª Ti. 2:15)
Hay quienes cometen el error de tratar a los inconversos como “hermanos en la fe”, haciéndoles creer a los impíos que ya son “herederos del reino de Dios” por el mero hecho de que asisten a las reuniones de la iglesia. En algunos círculos hasta llegan al extremo de prometerles prosperidad y bendiciones si se avienen a diezmar u ofrendar. Así esos incrédulos son considerados como “discípulos”, “colaboradores” o “miembros simpatizantes”, y eso sólo contribuye a que sean endurecidos en su pecado y condenados en su hipocresía. Sin duda que la puerta de la predicación permanece abierta para todos, pero es necesario distinguir que la salvación es sólo para aquellos que creen al Señor.
Tampoco se debe permitir que los inconversos, más allá de sus jerarquías y títulos humanos, tomen parte activa en el culto a Dios. En algunas ocasiones hemos observado cómo ciertas entidades cristianas han organizado actividades como Conferencias o Aniversarios, invitando a tomar la palabra a un Presidente de la Nación, Gobernador u otros funcionarios, quizás con el propósito de lograr su simpatía o reconocimiento, o simplemente para “prestigiar” un acto evangélico. Esa práctica, lejos de constituir una muestra de respeto o sujeción a las autoridades, como se pretende argumentar, significa en realidad un claro agravio a las disposiciones divinas que impiden que los extraños tomen parte del culto a Dios. (Ez. 44:5-9)
Si los que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder (2ª Tes.1:8-9) ¿Cómo pueden ser incluidos en la actividad de Su Iglesia?
Una cosa es que sean invitados a escuchar la predicación del Evangelio (la puerta es amplia y está abierta para todos), pero algo distinto es convocar a los inconversos a tomar una participación activa en lo que es ministerio exclusivo de la congregación (la puerta es angosta y restringida), dándoles la posibilidad de ofrecer “incienso extraño” (Ex. 30:9)



EL ALTAR DE ORO (O DEL PERFUME (Éxodo 30:1-10; 37:25-27; 40:5)
Como señalamos antes, el altar del incienso era uno de los elementos emplazados en el Lugar Santo. Estaba hecho de madera de acacia, y revestido totalmente de oro, con una cornisa, también de oro, alrededor.
Observemos algunas diferencias entre este altar y el altar del holocausto en el atrio:
1) El altar de bronce era el del holocausto, y es figura del Señor Jesucristo muriendo por nosotros en la cruz.
2) El altar de oro era el del perfume (incienso), y simboliza al Señor Jesucristo resucitado y glorificado.

Cristo, en su sacrificio en la cruz, estuvo por nosotros en el lugar de muerte y de juicio, y así satisfizo nuestra profunda necesidad como pecadores. Pero ahora, en la magnífica gloria, siempre vive por nosotros supliendo toda nuestra necesidad como santos y adoradores en la presencia de Dios. Fuimos redimidos por su sacrificio en la cruz, por fe hemos sido perdonados, aceptados y hechos cercanos a Dios, y por su intercesión ante el Padre nos mantiene en perfecta comunión.
Ahora, en medio de su gloria, está tan ocupado con nosotros como cuando en su angustia nos amó hasta derramar su sangre y morir en la cruz. Su amor jamás menguará, porque “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. “ (He.13:8)
Él vive siempre para interceder por nosotros (Ver He.7:25 y Ro.8:34), puede compadecerse de nuestras debilidades porque en su Humanidad fue tentado en todo según nuestra semejanza (He. 4:15, y en su Deidad es poderoso para socorrernos (He.2:18) y guardarnos sin caída (Jud. vs.24)

Hemos mencionado que el altar del perfume tenía en derredor una cornisa (o coronamiento) de oro. Esto nos recuerda lo expresado en Hebreos 2:9: “Pero vemos a aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra...” . Alrededor del altar de bronce no había corona alguna, sino sangre y cenizas. Evocamos aquí la agonía del Señor en el Calvario. Lejos de lucir una corona de gloria, Jesús fue coronado por manos malvadas con un entretejido de espinas que expresaban la maldición de la tierra. (Gn..3:17-18) Cumplida la obra salvadora, Dios mismo le puso una corona de gloria y de honra. Para el Señor las aflicciones ya pasaron, pero Sus glorias continuarán para siempre.
Sólo aquellos a quienes el Señor ha ganado para sí, librándolos del dominio del maligno, pueden adorar verdaderamente a Dios.
Respecto del altar del perfume, el precepto divino fue: “Y Aarón quemará incienso aromático sobre él; cada mañana cuando aliste las lámparas lo quemará.” (Éx.30:8) Esto es tan sólo un tipo del sacerdocio actual que ejerce cada creyente en Cristo. No existe ahora sobre la tierra un altar material ordenado por Dios. Sin embargo, los creyentes tenemos un altar (He.13:10). Nuestro altar es Cristo, y por medio de Él adoramos a Dios.
“Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él (el Señor Jesucristo), sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su Nombre.” (He. 13:15)

EL INCIENSO (Éx. 30:34-38) Era un preparado aromático de cuatro componentes, cuya fórmula, exacta y exclusiva, había sido ordenada por Dios mismo.
Aunque la fórmula no era secreta, Dios había prohibido expresamente reproducir la composición del incienso santo para un uso distinto del establecido.
Cualquiera que hiciera un perfume semejante sería cortado de su pueblo.
La razón era que el incienso, ofrecido en el altar de oro, simbolizaba la santa fragancia de las perfecciones de Cristo, ascendiendo continuamente a Dios.
Nuestras oraciones (Ap.5:8), con alabanzas (He.13:15), acciones de gracias (Col.2:7) adoración (Sal.29:2 y Jn.4:23-24) y peticiones (Fil.4:6 y 1ª Jn.5:15) componen un perfume que resulta “agradable delante de Dios nuestro Salvador” (1ª Tim.2:3)
Muchos profesantes religiosos (impíos encubiertos “que convierten en libertinaje la gracia de Dios” Jud. Vs.4) intentan copiar el “perfume santo” para aplicarlo en usos viles.
Así el nombre del Señor es tomado en vano por quienes en realidad “...niegan a Dios, el único Soberano, y a nuestro Señor Jesucristo”
Por ejemplo, hoy es común observar cómo a través de los medios masivos de comunicación ciertos profesionales de la salud recomiendan la oración, entre otros “recursos” para controlar la ansiedad u otros males. Son frecuentes algunas sugerencias como: “No importan sus creencias, cada uno tiene libertad de pensar en Dios como quiera, pero lo esencial es que Ud. recite sus oraciones”. Esto no es más que una burda imitación de la fórmula del verdadero incienso establecido por Dios.
No se quedan atrás algunos dirigentes religiosos cuando recomiendan a personas incrédulas que oren por sus problemas, salud, familia, etc., sin advertirles que primero deben recibir la gracia de Dios, obedeciendo al Evangelio para el perdón de sus pecados.
El ciego de nacimiento, sanado por el Señor Jesús, tuvo la sabiduría de declarar: “Sabemos que Dios no oye a los pecadores, pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ese oye.” (Jn.9:31) Este principio no debe ser ignorado a la hora de sugerir oraciones a cualquier persona inconversa.
El pecador no regenerado no tiene acceso al Lugar Santo ni puede encender incienso en el altar del perfume. Sólo quien primero se ha acercado con fe sincera al altar del sacrificio (la cruz de Cristo) sabe que sus oraciones no son vanas, pues tiene la garantía de que llegarán como grata fragancia a la presencia del único y verdadero Dios.

LA MESA DE LOS PANES DE LA PROPOSICIÓN (Éxodo 25:23-30; 37:10-16; Lv.24:5-9)
Esta mesa, de madera de acacia revestida de oro puro, era el segundo de los elementos que se encontraban en el Lugar Santo. Sus dimensiones eran de aproximadamente 90 cm. de longitud por 45 cm. de ancho, con una altura de 67,5 cm.
Alrededor de todo su perímetro tenía una cornisa de oro puro, a la que seguía una moldura de aproximadamente 7,5 cm de ancho, y luego otra cornisa, también de oro, que rodeaba igualmente todo el contorno.
En la mesa se colocaban doce panes (uno por cada tribu de Israel), elaborados con flor de harina (la harina más fina), dispuestos en dos hileras de seis, sobre los que se aplicaba incienso puro.
Al finalizar cada semana, el sacerdote retiraba esos panes, que luego serían comidos por los sacerdotes en lugar santo, y los reemplazaba por nuevos.
Los panes se denominaban “de la proposición”, o más propiamente “de la presencia”, en razón de que permanecían continuamente en la presencia de Jehová, y bajo Su mirada. (Ëx.25:30)
La mesa en sí, señala a Cristo llevando a su pueblo ante la presencia de Dios. (Recordemos una vez más que la madera de acacia simboliza la humanidad del Señor, y el oro, Su deidad)
El Señor Jesucristo, en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col.2:9) y que “estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil.2:8) ya resucitado y glorificado, “se sentó a la diestra del Trono de la Majestad en los cielos.” (He.8:1)
Sobre la mesa había doce panes, prefigurando a las doce tribus de Israel en su unidad y perfección. Todas estaban representadas allí, tanto la grande como la pequeña, y cuando la mirada de Dios contemplaba aquella mesa, también reconocía a Su pueblo.
La figura resulta evidente, ¡Qué gozo intenso el del Padre al contemplar ahora a Su Hijo glorificado en los cielos, y a quienes nos dio vida juntamente con Cristo, y “juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.” (Ef. 2:5 y 6)
¡Qué privilegio para los redimidos del Señor! Hemos sido hechos aceptos en el Amado (Ef.1:6) y estamos continuamente en la presencia del Padre, presentados y cubiertos del incienso fragante del Nombre que es sobre todo nombre.
La cornisa de oro alrededor, impedía que ninguno de los panes se cayera accidentalmente de la mesa. El Señor Jesucristo no solamente nos trae a la presencia del Padre, sino que nos guarda allí. Es cierto que muchas veces tropezamos, pero cada hijo de Dios puede confiar en “Aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de Su gloria con gran alegría.” (Jud. vs.24)
El Señor le confirmó al Padre: “De los que me diste, no perdí ninguno” (Jn.18:9). Y qué garantía tenemos cuando Él asegura: “Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Jn.10:28)

Pero hay otro aspecto de la mesa y los panes, que nos será útil examinar. Dios había dispuesto que “el pan de la presencia” fuera también alimento para los sacerdotes. Ellos comían los panes en la presencia de Jehová, y así cada uno recibía su parte de aquello que era la delicia del Todopoderoso, apreciando por sí mismos sus virtudes.
Igualmente nosotros, como linaje escogido y real sacerdocio (1ª P.2:9) somos llamados a participar del gozo de Dios en Cristo, alimentándonos del pan de Dios.
“Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1ª Co.1:9)
Aquí vemos que lo que se expresa en figura es la comunión. Hubo adoración en el altar, y comunión en la mesa.
En relación con los que eran convidados a comer del pan de la proposición, observemos algunos aspectos importantes, ya que Dios no dejó nada al arbitrio del hombre:
Primeramente, Dios estableció quiénes no debían participar; después, quiénes podían participar, y por último, cuántas veces debían participar.
En Lv. 22:10 leemos: “Ningún extraño comerá cosa sagrada; el huésped del sacerdote, y el jornalero, no comerán cosa sagrada”
Aquí hay tres tipos de personas a quienes les fue prohibido participar de la comida del sacerdote, y representan a los inconversos.

“Ningún extraño”, alude al hombre en su estado natural, no regenerado, a quien no se le debe permitir ninguna participación activa en la actividad de la Iglesia, en una función de servicio, ni en la Cena del Señor.

“El huésped del sacerdote” Puede referirse a la visita de un amigo íntimo, o familiar, que en razón de esos lazos con el creyente tiende a ser considerado con mayores privilegios que otros incrédulos.
Es verdad que los miembros de la familia sacerdotal, como tales, podían comer del pan, pero eso no significa que hoy los hijos de padres creyentes deban ser tratados automáticamente como creyentes, en la suposición que hayan recibido la condición de hijos de Dios “por herencia”
Un conocido dicho ilustra esa realidad: “Dios tiene hijos, pero no tiene nietos” Por lo tanto, sólo es hijo de Dios quien en verdad ha dado testimonio de su propia fe en Cristo.
Consideremos que no es lo mismo pertenecer a la familia de un creyente, que ser “miembros de la familia de Dios.” (Ef.2:19)

“Ni el jornalero” Por ejemplo, un empleado/a u obrero inconverso que trabaja al servicio de un cristiano.
Una cosa es que trabaje a sueldo en la casa, negocio o empresa de un creyente; y otra muy distinta es que, en razón de esa relación laboral, sea comprometido también en el trabajo o actividad de la iglesia.

Los inconversos siempre serán bienvenidos a la sede de la iglesia o lugar de reunión, para que reciban el testimonio del Evangelio, pero no están habilitados para participar activamente en lo que es responsabilidad y privilegio exclusivo de los creyentes.

Por último, consideremos la frecuencia de la participación de los sacerdotes en los panes de la proposición.
Como vimos, Dios había ordenado que cada día de reposo debían renovarse esos panes, e instruido sobre quiénes podían comerlos y quiénes no debían hacerlo.
Los sacerdotes habilitados tenían plena libertad de participar del pan. Pero, ¿Sería posible que alguno de ellos se negara a comer del alimento de Dios?
Como redimidos, los creyentes-sacerdotes también tenemos la libertad y el privilegio de comer juntos del alimento espiritual. Respecto del Señor, ya hemos experimentado que “Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan vivirá eternamente.” (Jn.6:58)
Sin embargo, también necesitamos renovar constantemente nuestro entendimiento a través de la Palabra de Dios, no debiendo desechar el privilegio de nutrirnos del “alimento sólido”. (He.5:14)
Aunque hoy ya no estamos condicionados por un día en particular, pues “Los que hemos creído entramos en el reposo” (He.4:3), sí podemos imitar a los creyentes mencionados en el relato de Hch.20, que se reunieron el primer día de la semana para partir el pan y oír la Palabra del Señor.
El consejo del Señor es: “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A Él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.” (2ª P.3:18)


EL CANDELERO DE ORO (Éxodo 25:31-40; 37:17-24; Números 8:1-4)
Es el último elemento que nos queda por considerar de los tres que estaban emplazados en el Lugar Santo.
A diferencia del altar del incienso, y de la mesa de los panes de la proposición, hechos de madera de acacia y revestidos de oro, el candelero fue forjado íntegramente de oro puro. Aquí encontraremos, en figura, profundas verdades que nos llevarán, como siempre, a la consideración de la bendita persona de nuestro Señor Jesucristo.
Obviamente, el candelero fue emplazado en el Lugar Santo con la finalidad esencial de alumbrar ese recinto.
El Señor expresó: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Jn.12:46)
Y en 2ª Co.4:6 leemos que Dios es el que “resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” (2ª Co.4:6)
Es así que el candelero, totalmente de oro puro, y labrado a golpes de martillo, nos recuerda primordialmente al Señor Jesús, quien sufrió la cruz, menospreciando el oprobio. (He.12:2) para poder llamarnos de las tinieblas a su luz admirable.(1ª P.2:9)
Las Escrituras describen el candelero como constituido por una base o pie, del que salían una caña vertical, en el centro, y seis brazos orientados hacia los lados (tres para la derecha y tres para la izquierda) que sostenían sendas lámparas. Es decir, que el candelero estaba compuesto por un conjunto de siete lámparas en total, las que funcionaban por combustión de aceite puro de olivas machacadas.
El relato bíblico puntualiza que en el diseño del candelero se incluían, entre otros detalles, reproducciones de flores de almendro. Esas flores nos recuerdan la vara de Aarón que reverdeció, produciendo flores y almendras. (Nm.17:8) Sabemos que el almendro es el primer árbol que brota al acercarse la primavera. Es el primero en despertar, reviviendo al final del invierno. Por consiguiente, las flores de almendro en el candelero nos llevan a pensar en la resurrección de Cristo, “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1ª Co.15:20)
El conjunto formado por el candelero, el aceite y las siete lámparas ardiendo en el Lugar Santo también alude a Cristo alumbrando a través de su Iglesia, (tipificada en su plenitud por las siete lámparas) por el poder del Espíritu Santo (simbolizado por el aceite) “Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor” (Ef.5:8)
Tal como el candelero de oro puro fue labrado a la perfección por el artífice que le dio forma conforme con el modelo de Dios, para iluminar el Lugar Santo, así “Cristo amó a iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento por la Palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Ef.5:25b-26)
De ese modo hizo posible que Dios nos hiciera sentar (con Cristo) en los lugares celestiales (Ef.2:6), y que Su multiforme sabiduría (tipificada por la luz) “sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales.” (Ef.3:10)

EL VELO (Éxodo 26:31-33; 36:35-36)
Era una cortina que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo.
Al igual que el tapiz del techo, estaba confeccionada de lino fino retorcido, azul, púrpura y carmesí, adornada con figuras de querubines.
Como hemos considerado antes en este estudio, en las Escrituras el lino fino es símbolo de pureza, dignidad y justicia; mientras que el azul evoca la belleza del cielo. La púrpura es emblema de realeza y majestad, y el carmesí hace alusión al sacrificio.
Las figuras de querubines simbolizaban el resguardo de la santidad en el lugar de la presencia de Dios.
El velo se sostenía mediante ganchos de oro sujetos a cuatro columnas de madera de acacia recubiertas de oro, y afirmadas sobre basas de plata.
De ese modo quedaba cerrado el acceso al Lugar Santísimo, donde nadie debía entrar, salvo Moisés de modo excepcional para comunicarse con Dios, y el sumo sacerdote una vez al año, bajo una nube de incienso y con la sangre de la expiación. (Ver Lv.16:1-17)
Cuando finalmente los israelitas se establecieron en la tierra prometida, y el templo reemplazó al tabernáculo como lugar de la presencia de Dios, no se modificaron aquellas restricciones, y el velo siguió separando igualmente el Lugar Santísimo.
Pero luego del sacrificio definitivo de expiación consumado en la cruz por el Señor Jesucristo, el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo como señal inequívoca de que cada creyente podría acercarse, de allí en adelante, con libertad a la presencia de Dios. “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe...” (He.10:19-22)
Por lo tanto, ahora tenemos plena libertad de entrar en la presencia del Señor, y ya no hay velo o barrera alguna que nos separe cuando con corazón sincero nos acercamos a Él.


EL LUGAR SANTÍSIMO (Éxodo 26:33-34)
Era el segundo compartimiento del Tabernáculo propiamente dicho, de conformación cúbica (de aproximadamente 4,50 m. por lado), cuyo acceso estaba cerrado por el velo.
El Lugar Santísimo albergaba únicamente el arca, cubierto por el propiciatorio.

EL ARCA
(Éxodo 25:10:16; 37:1-5)
Era una caja, o cofre, hecha de madera de acacia, y revestida por dentro y por fuera de oro puro. Alrededor, en la parte superior, tenía una cornisa de oro. El diseño incluía cuatro argollas de oro, colocadas una en cada esquina, las que eran atravesadas por dos varas, también de madera de acacia y revestidas de oro, permitiendo trasladar el arca durante la travesía del pueblo de Dios por el desierto.

Contenido del arca:
1) Las dos tablas de la ley: Las primeras tablas de piedra, con los diez mandamientos, habían sido quebradas por causa de la idolatría del pueblo (Éx.32:19), pero más tarde, cuando se terminó la construcción del tabernáculo, Moisés recibió la orden de Dios de labrar otras dos tablas como las primeras (Deut.10:3) para guardarlas dentro del arca.
Al bajar Moisés del monte con las primeras tablas, vio al pueblo adorando el becerro de oro hecho por Aarón, e inmediatamente las quebró. ¿Qué utilidad podía tener la ley para ese pueblo que se había entregado a la idolatría? El primer mandamiento demandaba completa lealtad a Dios; el segundo, prohibía hacer imágenes o esculturas para inclinarse delante de ellas, y el tercero, prohibía tomar el Nombre de Dios en vano.
Pero el abominable ídolo insólitamente había sido declarado como un dios que había sacado a Israel de Egipto. (Éx.32:4)
Vemos que el corazón rebelde del hombre no se sujeta a la ley, ni puede hacerlo. ¡Qué insensato aquél que ahora pretende justificarse delante de Dios mediante la observancia de fragmentos de la ley! ¡Y cuántos hay que buscan alcanzar el reino de Dios por ese camino, mezclando la ley con la gracia! (Ro.7:4; Gál.3:1-3, 11, 13, 24, 25; 5:1-4)
La salvación no es una combinación de ley y gracia, pues así no sería gracia. El pecador ha quebrantado la ley de Dios, y por lo tanto ha perdido todo derecho a la justicia sobre esa base. Está bajo la maldición de la ley, y sólo puede esperar el justo castigo de Dios, a menos que reciba Su gracia mediante la fe en el Señor Jesucristo “el justo” (1ª Jn.2:1). Él fue el único que cumplió todas las demandas de la ley, y por lo tanto, las tablas no quebradas dentro del arca nos recuerdan su obediencia perfecta. “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado; Y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal.40:8) Sólo a causa de Él, prefigurado por el arca, Dios podía continuar habitando en medio de su pueblo.

2) La vasija de oro: Contenía el maná, el trigo de los cielos (Sal.78:24), con el cual Dios alimentó a su pueblo durante cuarenta años en el desierto. Esto nos hace pensar en la fidelidad de Dios, proveyendo continuamente lo necesario para los suyos.
Pero, además, el maná encerraba otra importante lección:
“Y te afligió, y te hizo tener hambre, y te sustentó con maná, comida que no conocías tú, ni tus padres la habían conocido, para hacerte saber que no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.” (Deut.8:3) (Subrayado mío)
El Señor Jesús citó este pasaje cuando, después de haber ayunado cuarenta días en el desierto, tuvo hambre, y fue tentado por el diablo en el sentido de convertir unas piedras en pan.
El Señor rechazó resueltamente esa tentación, invocando la autoridad de la Palabra de Dios: “Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. (Mt.4:4)
Y recordemos aquí que Dios, “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo...” (He.1:2), por lo que el Señor Jesucristo, como la expresión viva del pensamiento de Dios a los hombres (su perfecta palabra) es nuestro verdadero alimento espiritual.
Entonces, el maná es una figura de Cristo, “Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo, y da vida al hombre”
“Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. (Jn,6:33 y 35)
Nuestro alimento espiritual no procede de las piedras inertes del mundo, sino del cielo mismo, y tal como los israelitas recogían el maná cada día, también nosotros debemos alimentarnos constantemente de Cristo, por la Palabra de Dios.

3) La vara de Aarón: Esta vara, que reverdeció, produciendo flores y almendras, (Nm.17:8) nos habla de la gloriosa resurrección de Cristo como primicias de los que durmieron (1ª Co.15:20)
Así también todos los que durmieron en Cristo serán vivificados.

Por consiguiente, todo lo que el arca nos enseña acerca de la Persona de Cristo, se completa por su contenido: Su obediencia perfecta (las tablas de la ley no quebradas); su humillación, descendiendo del cielo (el maná); y su gloriosa resurrección (la vara de Aarón).

EL PROPICIATORIO (Éx. 25:17-22; 37:6-9; He. 9:5)
Era la tapa del arca.
El término hebreo traducido por “propiciatorio” deriva de “cubrir” o “cubierta”. Esto tiene relación con los pecados, que en el Antiguo Testamento eran cubiertos, como lo expresa el Salmo 32:1 “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.”
El significado en el Nuevo Testamento se explica en Ro.3:24-26: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”
El propiciatorio sobre el arca estaba hecho íntegramente de oro puro, lo que nos habla de la justicia inherente a la naturaleza de Dios.
Encima del propiciatorio, constituyendo una sola pieza con él, había dos querubines de oro, uno en cada extremo. Eran figuras que evocaban los verdaderos querubines, guardando la santidad en la presencia de Dios. Por consiguiente nos hablan también del juicio de Dios sobre los impíos que, ante la imposibilidad de observar la ley divina, forzosamente están excluidos de Su presencia.
No obstante, notemos que los querubines de oro y el propiciatorio estaban sobre el arca, que es como decir sobre Cristo, quien cumplió completa y perfectamente la voluntad de Dios. En función de ello, estos querubines no tenían una espada, como en Edén, sino alas para proteger; y sus rostros, uno enfrente del otro, estaban inclinados hacia el propiciatorio, como mirando la sangre que se esparcía allí.
En el gran día de la expiación, una vez al año, Aarón el sacerdote, con vestiduras de lino, entraba al Lugar Santísimo, detrás del velo, con la sangre de la expiación. (ver Lev.16) La sangre era esparcida hacia el propiciatorio siete veces. El siete se relaciona en las Escrituras con la perfección o plenitud. Y esto es figura del sacrificio perfecto hecho por Cristo "una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo." (He. 7:27)
La importancia de todo esto no puede ser subestimada, por cuanto la cuestión más grave era ésta: ¿Cómo podría el Dios Santo continuar morando en medio de un pueblo pecaminoso? ¿Cómo sería posible que estableciera en justicia su trono en medio de ellos? La respuesta estaba en la sangre esparcida. La gloria de Dios descansaba sobre el propiciatorio rociado con sangre.
Pero, ¡Qué grande es el contraste entre el gran día de la expiación del Antiguo Testamento y el sacrificio perfecto del Señor Jesús! “Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan.” (He.10:1)
Podemos ver que la sangre del Cordero (el Señor Jesucristo) no sólo nos da la solución definitiva por todo lo que somos, y lo que hayamos hecho como viles pecadores, sino que le ha dado a Dios mismo completa y gloriosa satisfacción.
Preciosa verdad: “la sangre de Jesucristo, Su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1ª Jn.1:7)
Si bien esto no significa que la vieja naturaleza pecaminosa haya sido arrancada de nosotros (si acaso pensáramos tal cosa, nos engañaríamos a nosotros mismos) no es menos cierto que al estar en la presencia del Dios Santo, a pesar de nuestras debilidades, somos considerados como limpios por causa de esa sangre. Vale decir, en el propiciatorio rociado de sangre tenemos comunión con Dios.
Los querubines, por contemplar la sangre rociada sobre el propiciatorio, lejos de impedir la entrada del pecador arrepentido que se acerque, le dan la bienvenida, pues “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. (Ro.8:1) Ya no hay espada, porque ésta ha traspasado a la Víctima, (“Levántate, oh espada, contra el pastor...” Zac.13:7) y los querubines contemplan la sangre ¡Alabado sea nuestro Dios!

Los anillos y las varas se vinculan con el peregrinaje. El arca siempre acompañó a los israelitas durante el viaje por el desierto. Cuando al fin concluyeron las dificultades y conflictos, ya construido el templo, el arca fue llevada a éste, y depositada en el Lugar Santísimo, con sus varas sacadas. Esto nos habla del arribo del peregrino al hogar, así como nosotros muy pronto habremos llegado a la casa del Padre. “En la casa de mi Padre muchas moradas hay...” (Jn.14:2)

No podemos dejar de considerar que el piso del tabernáculo era de arena. Arriba y alrededor, las glorias de Cristo llenan los ojos; abajo, no se ve otra cosa que la arena del desierto.
Querido hermano, este mundo no es nuestro hogar permanente; la santa ciudad, de oro puro, (Ap.21:18) está más allá, resplandeciente de gloria. Ahora aún sentimos las espinas y las arenas ardientes, y nuestros pies se lastiman, y nos duelen; pero cuando venga nuestro bendito Salvador y Señor, Él lo recompensará todo. “Amén; sí, ven, Señor Jesús, La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén.” (Ap.22:20-21)

LOS LEVITAS, SU OBRA Y LA DIVISIÓN DEL TRABAJO
: (Nm. 3 y 4; 8:5:26; 18:2-6, 21-32; 26:57-62 35:1-8; Dt.18:1-6)

Nos será útil examinar ahora lo relacionado con los levitas y sus funciones.
La orden divina al respecto fue: “...Pondrás a los levitas en el tabernáculo del testimonio, y sobre todos sus utensilios, y sobre todas las cosas que le pertenecen; ellos llevarán el tabernáculo y todos sus enseres, y ellos servirán en él, y acamparán alrededor del tabernáculo.” (Nm.1:50)
En cierto modo es posible compararlos con los creyentes de la iglesia como siervos del Señor Jesucristo.
Notemos que los levitas no fueron escogidos para el cumplimiento de sus tareas ni por Moisés, ni por el pueblo. Su elección no se basó en las cualidades que poseían. No hubo ofrecimiento de cargos, ni concurso de antecedentes, ni cónclave de dirigentes. La Escritura afirma que los levitas fueron “tomados” por Dios mismo en su soberana autoridad. (Nm.3:12) La declaración divina: “Yo he tomado a los levitas” fue suficiente “currículum” para el oficio que se les asignó.
Este método de Dios no ha variado con el transcurso del tiempo. En Hechos 9:13 podemos leer que Ananías opuso reparos en asistir a Saulo pues había “oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén.” Pero el Señor le ordenó: “Vé, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi Nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel...” (Hch.9:15)
Más tarde, cuando Pablo ministraba al Señor en la iglesia en Antioquía, “...dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado.” (Hch.13:2)
Ninguna organización humana, ni dirigente alguno, por célebre que sea entre los hombres, tiene facultades para “ordenar” obreros o comisionarlos a la obra. La iglesia debe limitarse a acatar las órdenes del Señor, que es quien envía soberanamente a sus siervos por el Espíritu Santo. (Vs.4)
Ante la necesidad de obreros, nuestra responsabilidad como creyentes es orar como lo ordenó el Señor: “Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a Su mies” (Mt. 9:38) y sin ninguna duda Él responderá en su sabia y suprema voluntad.
Desconocer este principio es desconocer la autoridad del Señor como Cabeza de Su Iglesia.
Los levitas fueron tomados por el Señor, dados al sumo sacerdote Aarón “en don” para ejercer el ministerio de los hijos de Israel, y finalmente ofrecidos por Aarón en ofrenda delante de Jehová. (Ver Nm.8:19-21)
No se les dio a ellos ninguna herencia terrenal como la que recibieron sus hermanos de las otras tribus de Israel. Jehová mismo era su herencia, quien les permitió participar de Sus ofrendas. (Dt.18:1-2)
Sus necesidades fueron abundantemente provistas por Dios por medio de sus hermanos. (Nm.35:1-8)
Así ocurría con los siervos de Cristo en la iglesia primitiva, y hoy debiera mantenerse el mismo principio, aunque desgraciadamente esto es ignorado por muchos cristianos.
Por una parte, el servicio del Señor no debe ser motivo de privaciones para el obrero por la falta de compromiso de la iglesia para con los que han sido llamados por Dios para la obra del ministerio.
Por otra parte, el ministerio no debe transformarse en una especie de comercio de moda, con el cual obtener la alabanza de los hombres, títulos mundanos y salarios asegurados por convenio.
La experiencia de los siervos de Dios muchas veces fue sufrir, entre otras peligros, “prisiones y tribulaciones” (Hch.20:22-23), inclemencias del clima (Hch27:14-20) y “penalidades como buen soldado de Jesucristo” (2ª Tim.2:3) No trabajaban por un salario ni por agradar a los hombres, en lugares atractivos y cómodos. Lo hacían porque el Señor los había llamado, y le obedecieron gozosamente sin reparar en las dificultades que tendrían que afrontar.

La tribu de Leví se componía de tres familias: Coat, Gersón y Merari. Cada una de estas familias debió hacerse cargo de distintas tareas relacionadas con el tabernáculo.
Moisés y Aarón pertenecían a la familia de Coat. (1º Cr. 23:12-13)
Como sabemos, Moisés ejercía la conducción del pueblo, y Aaron y sus hijos se desempeñaban en el sacerdocio. A los demás coatitas se les confió la responsabilidad de trasladar con cuidado los principales elementos del tabernáculo cuando se mudaba el campamento.
Por su parte, los hijos de Gersón tenían la misión de cargar el cortinaje. Esto incluía las cortinas de lino fino, las pieles de carnero, las cubiertas de pelo de cabra y las pieles de tejones; como así también las cortinas del santuario y del atrio, además de las cuerdas, con la única excepción del “velo”, con el cual debía cubrirse el arca.
Para facilitar el trabajo de los gersonitas se les proveyeron dos carros y cuatro bueyes.
Es de notar que a los de Coat no se les proveyeron carros “porque llevaban sobre sí en los hombros el servicio del santuario” (Nm.7:9)
Finalmente, los elementos más pesados se les confiaron a los hijos de Merari.
Utilizando cuatro carros y ocho bueyes, debían cargar las estructuras del tabernáculo con sus tablas y barras, sus columnas, sus basas y los demás accesorios.
Cuando el pueblo se preparaba para la marcha, el Tabernáculo debía desmantelarse extremando el cuidado de todas sus partes y preparándolas para su viaje por el desierto.
Ya que solamente los sacerdotes podían entrar en el Santuario, Aarón y sus hijos cubrían el arca con el velo, luego lo protegían con una cubierta de pieles de tejones, y después con una cubierta de “azul”. Del mismo modo, la mesa de los panes de la proposición, el candelero de oro y el altar del perfume del lugar santo, como así también el altar de bronce del atrio, limpio de cenizas, se protegían con distintas cubiertas y pieles.
A los cargadores no se les permitía acercarse hasta que el trabajo previo quedara concluido, pero cuando todo estaba listo, los integrantes de las familias señaladas tomaban las cargas que cada uno tenía asignadas para su traslado.

También hoy la Obra de Dios demanda distintas responsabilidades por parte de cada creyente. El Señor nos otorga por el Espíritu Santo Sus dones “para edificación de la iglesia” (1ª Co.14:12) y aunque no todos tenemos la misma función, como miembros de la familia de Dios (Ef.2:19) ninguno está exento del compromiso de servir al Señor en el lugar dispuesto por Él, para la gloria de su Nombre.
LAS VESTIDURAS SACERDOTALES (Ex..28:1-43)

Las Escrituras describen que Aarón debía vestirse “para gloria y hermosura” (vs.2) con un ropaje distintivo de su oficio sacerdotal. Cada pieza de esa vestimenta fue expresamente ordenada por Dios. El sacerdote debía ser un hombre conforme al corazón de Dios, tanto por dentro como por fuera, y en esto veremos particularmente el carácter del “Sumo Sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús” (He.3:1)
Las vestiduras oficiales del sumo sacerdote se confeccionaron con valiosos materiales, y estaban constituidas por un conjunto básico de siete partes, a saber:

1) El efod
2) El pectoral
3) La túnica
4) La mitra
5) El manto
6) El cinturón
7) Los pantalones de lino.

El efod: Era la prenda más significativa del atuendo exterior.
Estaba formado por dos piezas de tela, una delantera y otra posterior, unidas en los hombros.
Tejido de hilo de oro, “azul”, púrpura, carmesí y lino fino, “con labor primorosa”, (Ex.39:3) el efod simboliza admirablemente la gloria divina del Hijo eterno. En los días de su carne, figurada ésta por el velo que guardaba la entrada al Lugar Santísimo, su gloria en cierto modo estaba encubierta. (No había oro entretejido en el velo) Pero en su posición de Sumo Sacerdote en el cielo, conservando su faz de perfecta humanidad como entrelazada con su deidad, Su gloria divina se manifiesta magníficamente en todo su esplendor.
En dos piedras de ónice con engastes de oro, firmemente aseguradas a las hombreras del efod, (una piedra en cada hombro) estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel, seis sobre una piedra y seis sobre la otra. Esto indicaba que el sacerdote representaba al pueblo delante de Dios, así como Cristo entró “en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios.” (He.9:24)

El pectoral: Era la parte más valiosa de la vestimenta.
Estaba confeccionado con una tela similar a la del efod. Se componía de una pieza rectangular, doblaba por la mitad sobre sí misma para formar una especie de bolsillo cuadrado, cuyas caras medían cada una aproximadamente 22,5 cm. por lado.
El pectoral, que se menciona también como el “pectoral del juicio”, no podía estar separado del efod. Una minuciosa descripción en Ex.28:22-28, nos muestra cómo debía ser colocado para que quedara adecuadamente sujeto “...y no se separe el pectoral del efod”.
Para ello debían utilizarse anillos y cordones de oro y azul, figuras simbólicas de los vínculos divinos y celestiales que dan seguridad al creyente, quien de ningún modo puede ser separado del corazón de su gran Sumo Sacerdote.
Sobre el frente del pectoral había doce piedras preciosas engarzadas en oro, las que estaban ordenadas en tres filas de cuatro, correspondiendo una piedra por cada tribu de Israel. “Y las piedras serán según los nombres de los hijos de Israel, doce según sus nombres; como grabaduras de sello cada una con su nombre, serán según las doce tribus” (Ex.28:21)
Así, no sólo sobre sus hombros sino también sobre su corazón, el sumo sacerdote llevaba los nombres de quienes pertenecían al pueblo de Dios y que eran favorecidos con su servicio.
Esto encierra una preciosa verdad para cada redimido por la sangre de Cristo: Siempre somos recordados por Él. Estamos siempre en su corazón, sostenidos delante de Dios y siempre aceptos en el Amado. El sacerdote no podía quitarse el pectoral sin quitarse también su prenda de gloria y justicia. Si el Señor echara de sí a sus redimidos, “hechos justicia de Dios en Él (2ª Co.5:21) estaría echando de sí su propia gloria como el Hijo de Dios Redentor. El glorioso carácter de Cristo y su pueblo están ligados. Él no se quedará en su gloria dejándonos atrás.
¡Cuánto nos anima a los hijos de Dios, que muchas veces somos probados, tentados, atacados o menospreciados, considerar que Dios mismo nos ve sobre el corazón del Señor!
Ante los ojos del Padre, cada hijo de Dios brilla continuamente con el resplandor supremo de Cristo, revestido de hermosura divina. Aunque el mundo no puede verlos así, Dios los ve de esa manera, y eso establece una notable diferencia. Cuando los hombres consideran a los hijos de Dios, no ven más que sus defectos e imperfecciones porque son incapaces de distinguir otra cosa, de modo que su juicio resulta ser siempre falso y parcial. No pueden ver las joyas deslumbrantes en las que están grabados, por el amor eterno, los nombres de los redimidos del Señor.
Es cierto que cada creyente debe ser cuidadoso en no darle ocasión al enemigo de hablar mal de él, y obviamente debería vivir “perseverando en bien hacer” (Ro.2:7) “Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos.” (1ª P.2:15)
Si por el poder del Espíritu Santo el creyente comprende la excelencia de su posición en Cristo y el privilegio que significa brillar sin cesar ante los ojos de Dios, debe reproducir también los atributos de su santidad en su modo de andar diario.
Cuanto más apreciemos, por la fe, todo lo que somos en Cristo, más real y práctica será la manifestación de las cualidades distintivas de nuestra naturaleza espiritual.
Empero, ¡Alabado sea el Señor! la facultad de juzgarnos no les compete a los hombres sino a Dios mismo; y en su misericordia Él nos muestra a nuestro gran Sacerdote llevando nuestro juicio delante de su corazón continuamente (Ex.28:30)

Dentro del doblez o bolsillo del pectoral había dos pequeños objetos misteriosos, “Urim” y “Tumin” (Las palabras hebreas significan literalmente luces y perfecciones), acerca de los cuales no se nos dan mayores detalles. Por medio de ellos, de un modo que desconocemos, Dios revelaba o confirmaba su voluntad a su pueblo, aunque no sobre asuntos particulares sino en cuestiones inherentes a Israel como comunidad. Por ejemplo, en el nombramiento de Josué, la Escritura relata: “Él se pondrá delante del sacerdote Eleazar, y le consultará por el juicio del Urim delante de Jehová...” (Nm.27:21)
Es significativo que la Escritura guarde silencio respecto de la naturaleza de estos elementos portados por el sumo sacerdote. Acaso sea para no poner el énfasis simbólico en el aspecto material sino más bien en el rasgo espiritual.
Así, Urim y Tumin quizás tipifiquen el ministerio revelador y santificador del Espíritu Santo. Sería realmente extraño que donde hay tanto que nos habla del carácter y la obra de Cristo, no hubiera nada referido al gran don (Hch.2:38) que vino a la Iglesia (Hch.2:33) luego de que el Señor Jesús fuera exaltado por la diestra de Dios, siendo declarado Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec. (He.4:10)
El Espíritu Santo, que nos ha sido dado por intermedio de nuestro Sumo Sacerdote, nos guía a toda la verdad (Jn.16:13) así como el Urim y el Tumin revelaban la voluntad de Dios en el tiempo del antiguo sacerdocio.
Cuando los hermanos de la iglesia en Jerusalén se reunieron con los enviados de Antioquía para determinar si los gentiles estaban obligados a guardar los ritos de la ley de Moisés, luego de llegar a un acuerdo decidieron enviar una carta a la iglesia en Antioquía, con las conclusiones sobre el asunto planteado. En uno de los párrafos de esa carta escribieron: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias...” (Hch.15:28)
Advertimos aquí que en aquel encuentro las decisiones no fueron tomadas meramente por el parecer de los hombres, que por cierto discutieron largamente el tema, sino por el Espíritu Santo, que los guió claramente al conocimiento de la voluntad de Dios.
Del mismo modo, también nosotros debemos dejar que el Espíritu Santo, desde el corazón de nuestro gran Sumo Sacerdote, nos enseñe y recuerde el consejo de Dios. “Mas el Consolador, el Espíritu Santo a quien el Padre enviará en mi Nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn.14:26)

La túnica: Esta prenda componía la ropa interior del sacerdote, junto con los pantalones o calzoncillos, y un cinto para ceñirlos. El significado simbólico de tal ropa interior tiene relación con la santidad absoluta de nuestro Sumo Sacerdote.
Estaba confeccionada de lino fino blanco, y recordemos una vez más que “el lino fino es las acciones justas de los santos” (Ap.19:8) De modo que el lino nos recuerda aquí el carácter “humano”, puro y sin tacha alguna del Señor Jesús, que no conoció pecado como experiencia personal. ¡Qué notable contraste entre el “lino fino” de su justicia y los “trapos de inmundicia” de la justicia propia del hombre!
Por ello, “tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (He.7:26)
Por haberse conducido revestido de humanidad en esta tierra, puede comprendernos plenamente. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He. 4:15) Él “debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote...” (He.2:17)
¡Qué alentador es para nosotros, en medio de las dificultades del camino y de la oposición del enemigo, pensar en Aquél que recorrió esa vía antes que nosotros!
Hoy en el cielo intercede por nosotros, y se compadece de los sufrimientos que afligen a los suyos, y que Él mismo padeció.

La mitra: Era una especie de turbante hecho de lino fino con varios dobleces.
En la parte delantera, adherida con un cordón de azul, tenía una lámina de oro puro con estas solemnes palabras grabadas: “SANTIDAD A JEHOVÁ”
Esto nos recuerda en primer lugar la perfecta santidad de nuestro Sumo Sacerdote en quien somos aceptos, a causa de que Dios nos imputa Su justicia. (2ª Co.5:21)
Ahora bien, cuando leemos en las Escrituras sobre el propósito del empleo de la mitra, la verdad que encontramos parece ser, en principio, profundamente desoladora: …“Y estará sobre la frente de Aarón, y llevará Aarón las faltas cometidas en todas las cosas santas, que los hijos de Israel hubieren consagrado en todas sus santas ofrendas; y sobre su frente estará continuamente......”
Sin embargo, descubrimos a continuación que el precepto divino en realidad resulta ser intensamente consolador: “...para que obtengan gracia delante de Jehová” (subrayado mío) (Ex.28:38)
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” (Ro.8:33-34)
¡Qué reposo obtiene nuestro corazón cuando comprendemos que a pesar de los vaivenes que experimentamos en nuestra vida cristiana, nuestro gran Pontífice está continuamente delante de Dios por nosotros!. Estamos representados por Él, y hechos aceptos en Él.
“Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.” (He.10:10 y 14)

El manto: Estaba hecho “todo de azul” (Ex.28:31) y era usado exclusivamente por el sumo sacerdote.
Esto era así porque el manto de azul simboliza algo del cielo, inherente a nuestro Sumo Sacerdote, el Señor Jesucristo, que no puede ser conferido a su pueblo: Su deidad. Los creyentes llegamos a ser “participantes de la naturaleza divina.” (2ª P.1:4) con todo lo que ello implica, pero nunca seremos partícipes de la deidad del Señor.
Dios declara respecto del Hijo: “Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; Cetro de equidad es el cetro de tu reino.” (He.1:8) porque éste es copartícipe de la esencia divina, pero ninguna criatura suya, aún quien por la fe llega a ser un hijo de Dios, puede reclamar para sí la deidad. “¿A quién me asemejáis, y me igualáis, y me comparáis, para que seamos semejantes?” (Is.46:5)
A propósito, recordemos aquí que, siendo Dios, el Hijo no delega en ningún hombre las funciones soberanas que le competen. Por ejemplo, es Señor de la mies, (Luc.10:2) Cabeza de la Iglesia, (Col.1:18) Sumo Sacerdote, (He.6:20) Juez de vivos y muertos, (Hch.10:42) entre otras numerosas prerrogativas exclusivas de la Deidad. Por lo tanto no pueden ser avasalladas por ninguno, pese a aquellos que neciamente pretenden hacerlo.
Cosidas en el borde inferior del manto había campanillas de oro y, en forma intercalada, figuras de “granadas de azul, púrpura y carmesí alrededor” (Éx.28:33)
Aunque el sumo sacerdote ministraba en el lugar santísimo oculto a la vista de los demás, el sonido de las campanillas ponía en evidencia su labor sacerdotal.
Por otra parte, la granada, siendo una fruta roja y dulce, característica de la tierra prometida que Israel habitaría, (Dt.8:8) expresa el exquisito resultado de la obra del sumo sacerdote.
Las campanillas nos hablan de testimonio. “...y se oirá su sonido cuando él entre en el santuario delante de Jehová y cuando salga, para que no muera” (Éx.28:35)
Si el sacerdote omitía el cumplimiento de las normas divinas en su función, o introducía prácticas ajenas a lo prescrito por Dios, podía morir por su presunción. Si eso ocurría, dejaban de oírse las campanillas. Por lo tanto, el sonido de las campanillas era testimonio tanto de vida como de trabajo. Sin duda, podemos aplicar el mismo ejemplo a una comunidad cristiana actual: Si hay vida, hay testimonio. Cuando la obra muere, cesa el testimonio.
Las granadas manifiestan el fruto de la Obra del Señor. Mencionamos antes que el azul simboliza lo que es del cielo; la púrpura, la majestad del Soberano, el carmesí “alrededor”, la sangre derramada. Así es la Obra del Señor. Se originó en el cielo por la voluntad soberana de Dios, se concretó en la tierra a través de la cruz de Cristo, y sigue produciendo abundantes y dulces frutos para la gloria de Su Nombre.
“...la palabra verdadera del Evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros, desde el día que oísteis la gracia de Dios en verdad.” (Col,1:5b y 6)
Nuestro Sumo Sacerdote en el santuario celestial está hoy oculto a nuestra vista natural, pero aquí abajo se oye el sonido de su testimonio, confirmándonos que está realmente vivo para interceder por nosotros. Además apreciamos en el fruto producido la bendición que resulta de su oficio en las alturas.

El cinturón: Ceñía el efod, y estaba hecho con los mismos materiales que éste, “de obra primorosa” y “de la misma obra” (Éx.28:8)
El cinturón se ha asociado generalmente con la idea de servicio. Dios el Padre expresó respecto de su Hijo: “He aquí mi siervo” (Is.42:1) Como siervo, Él se humilló a sí mismo, “...haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil.2:8)
Fue el ejemplo perfecto de lo que significa el verdadero servicio: Fidelidad, humildad, obediencia y entrega.
“Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura” (Is.11:5)

Por su parte, el Señor les dijo a sus siervos: “Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas” (Lc.12:35) Es decir, manténganse listos, con las vestiduras ajustadas, y con las lámparas siempre alumbrando, preparados para la llegada del Señor.
La iglesia en Tiatira recibe también la advertencia del Señor: “Yo conozco tus obras, y amor, y fe, y servicio, y tu paciencia, y que tus obras postreras son más que las primeras” “Pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga” (Apoc.2:19 y 25)
El cinto ajusta y retiene: “Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad...” (Ef.6:14)
En el libro de Zacarías encontramos la visión del sumo sacerdote Josué, cuando sus vestiduras viles son cambiadas por otras dignas. El mensaje para él fue: “Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala” “Si anduvieres por mis caminos. Y si guardares mi ordenanza, gobernarás mi casa...” (Zac. 3:4 y 7)
Todo creyente ha sido vestido con ropas de gala, no para presumir ante los demás, sino para servir ceñido con el cinto de la Verdad “que permanece en nosotros y estará para siempre con nosotros” (2ª Jn.1:2)

Los pantalones de lino: Aunque no se describen en detalle, se nos dice que estaban hechos de lino blanco, y como ya lo mencionamos, junto con la túnica constituían la ropa interior del sacerdote.
El mensaje de la ropa interior de Aarón y sus hijos es la santidad. Los pantalones, o calzoncillos, no cubrían la suciedad sino la desnudez. Dios enseña en su palabra que la desnudez en público deshonra y expone a la vergüenza. El endemoniado gadareno, entre otras consecuencias de su despreciable estado, “no vestía ropa” (Lc.8:27) pero cuando el Señor Jesús lo liberó de la posesión demoníaca, los habitantes de los alrededores “salieron a ver lo que había acontecido; y vinieron a Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio...” (Lc.8:36)
“Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza” (Ap.17:15)

Es verdad que las vestiduras sacerdotales eran “para honra y hermosura”. No obstante, para nosotros sencillamente tienen un significado simbólico, por lo que esas ropas no deben reproducirse en atuendos físicos para ser usados en el tiempo actual. Debemos comprender que eran tipos de realidades espirituales, en particular de las virtudes y excelencias, y de la gracia salvadora de Cristo, y señalan la suprema necesidad de santidad de todos aquellos que siguen sus pasos e invocan Su Nombre.
“Todos los llamados de mi nombre, para gloria mía los he creado, los formé y los hice.” (Is.43:7)

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